Indonesia

Bali norte, junto al lago del cráter del Batur

13 Abril 16

Es muy diferente. Llegar a Asia desde Australia tras años de mochila es en algún punto… fatigoso, da pereza. La mayor parte de la gente viene para dos semanas o un mes, vienen a darlo todo y a gastar todo… Para mí, aún llegando a un lugar tan barato, sé que debo seguir el esfuerzo de no gastar más de lo mínimo por la que me espera aún, si quiero llegar a casa debidamente.

Sin embargo echo de menos los cafés caros de NZ/OZ y su calidad comparada al café balinés, que parece bueno. Incluso la belleza de los lugares es diferente; al estar todo tan lleno de plástico me hace ‘no disfrutar’ tanto, me siento más ajeno. Hay una pereza extraña. Mi sensibilidad disminuye, me canso del viajar y de la lucha.

Tasmaneando solo

Abril 2016

Recorrer Tasmania a dedo es un placer que me devolvió la libertad de mi mochila y mi cazuelita. A Tasmania la llaman por aquí la ‘pequeña Nueva Zelanda’ y aunque no es tan hermosa, tiene una natura única y poco turismo. La mayor parte de los australianos nunca han estado aquí.

Desde Hobart y mirando un mapa en la oficina de turismo ví una mancha verde cercana de un parque nacional, el Franklin-Gordon, con varios campings. Conseguí reservas y utensilios y me lancé a la carretera. De nuevo, el autostop salió divino, atravesando zonas tan especiales como estas.

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En el Mount Field decidí parar y lanzarme a la aventura por aquellas montañas de refugios medio abanadonados y antiguas bases de ski. Pero en altitudes más bajas y templadas, encontré preciosos rincones con cascadas de hadas.

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Estaba desentrenado tras la ciudad y me costaba cocinar, las cosas no me salían tan redondas como en Zelandia… hasta que me encontré el Tall Tree forest. En Tasmania he visto los árboles más altos y grandes de mi vida, y además podía -o tal vez no, pero lo hice- perderme entre ellos y acampar observándolos. Se han hecho mediciones de casi 70 metros de altura. Quizás estuve una hora dando vueltas seleccionando el mejor lugar: quería un hamacazo frente al árbol más grande que tuviese la zona para simplemente observarlo en la mañana meciéndome.

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Lo encontré y empecé a sentir de nuevo la sangre de la aventura y el sabor de la libertad, especialmente cuando empecé a oír en la oscuridad, en una ocasión en que me alejé sin linterna, los impresionantes y escandalosos saltos de los canguros y wallabies alrededor. A veces dan pasos alternando la carga del peso entre las patas traseras y la cola, pero en la noche, extrañamente, se quedaban estáticos y de vez en cuando daban un único gigantesco salto que me acojonaba. ¿Quién coño anda ahí!?

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La mañana fue imperial. A parte del desayuno, que insisto en ello, no hay como luchar en medio de la nada por regalarse a uno mismo un buen almuerzo caliente y glorioso, y después del hamacazo de al menos una hora abrigado en el poncho y observando al sol subir entre mil ramas, sus destellos mostrándose y ocultándose entre ellas en el vaivén de mi gravedad, me lancé a explorar los bosques con cariño, y me dieron a cambio las siguientes reflexiones:

“No busques valores absolutos en el relativo mundo de la naturaleza.”

“El infinito hacia el exterior, macro, pero también hacia el interior, micro, el espacio infinito hacia las galaxias y hacia el interior de un átomo, que solo dependen del número de decimales relativos que sepamos procesar. Nuestros telescopios y nuestros microscopios nos dejan así en el medio (mitad relativa), en una dimensión intermedia entre mundos invisibles, tal vez solo limitados por el estado actual de nuestro avance intelectual y tecnológico, que progresan paralelamente.”

Aquella mañana fue micro: hongos extraños, musgo, setas que podrían ser imperios espaciales para sus microscópicos habitantes. Átomos y moléculas. Y todas las cosas que no percibimos con nuestros sentidos, claro.

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El suave sonido de calma natural que sí percibí con mis oídos era así:

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Otra noche interesante fue en los “Alum cliffs”, un lugar ancestral que siempre estuvo poblado por indígenas, los cuales afirmaban poderes y maravillas de un precipicio cercano. La noche fue al aire libre y estrellado pero interrumpida por una lluvia cabrona que me hizo levantar la tienda en un salto y dormir húmedo… Pero el amanecer en las lomas verdes y frescas no tuvo desperdicio.

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Ni tampoco lo tuvo el corto paseo hasta el precipicio, donde me hice el café de la mañana pasando frío pero observando el enorme vacío ante mí, con un río solitario que discurría, afortunado él, entre lugares inalcanzables. Imaginé a los antiguos pobladores, que siempre considero respetables y más sabios, supongo por su capacidad para entender el lenguaje de la naturaleza, conquistando cada cerro. El sol dividía mi visión entre la penumbra y la iluminación, y algunos pájaros se lanzaban ya al vacío sin miedo.

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Cradle mountain, otro lugar que no quise dejar sin ver:

Se trataba de ascender desde unos fríos lagos hasta las alturas que me darían una vista probablemente inolvidable, pero que estaban cubiertas por nubes de lluvia. El frío llega a las heladas latitudes de Tasmania y las nubes pueden arrancarme vistas y comodidad, pero no la exploración de otras cosas palpables como bosques, cascadas o vegetaciones extrañas para mí.

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Antes de entrar en las nubes me aseguré de mirar atrás y no olvidar las vistas que, al menos, había ganado con cada pesado paso. Si se quiere ver durante un minuto las vistas, no hay más que pedirlo con fé a la Madre Divina, y las nubes se abrirán y tal vez regalen algo.

Cuando por la tarde bajé de refugios de altura y de luchar con la niebla surcando muy extrañas vegetaciones, lo primero que ví fue otro sinfín de lagos y lagunas y cascadas largas que caen hacia ellos; al bajar encontré una fiesta de ‘grandes aves negras’, todas reunidas en un gran árbol y ejecutando un tremendo concierto de polifonía que quedó grabado así para el futuro viaje mental que haré desde casa por estos sitios:

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Ps.- Confieso que me empezó a dar pereza estar solo en Tasmania. Toda la gente en parejas, grupos, sin mojarse, en coche, moviéndose cómodamente a los lugares… Me quedaban pocos días y mucho por ver. Necesitaba un amigo. Y tal vez un coche.

En compañía de grandes aves negras

27 Marzo 2016, Tasmania, Australia

Al poncho le da igual todo, por eso me cae tan bien.

Nunca se ensucia, no se moja, es un buen compañero, lo llevaré hasta España. Mi colchoneta, mi abrigo, mi manta, mi mantel, mi recoge-leña.

El sol acaba de colarse por la ventana de este refugio de montaña en Tasmania, todo roto y con agujeros por donde entra frío. Frente al lago ‘Newdegate’.

He cantado y mejorado mi humor instantáneamente. Tal es la fuerza del sol, con su augurio de mejora del tiempo para caminar hoy.

Cinco minutos antes, nevaba. El tiempo de Tasmania es cruel, y va llegando el frío invernal. Era precioso, pero no se veía nada y me temía otro día de montaña caminando en solitario mojado, frío y sin ver los paisajes con las nubes pasando horizontalmente. El sol es la vida.
La nieve es bonita, thou.

El sonido a trompicones de la latita con la que cocino suena rítmicamente, con explosioncitas del alcohol, he encontrado una manera de reducir el consumo y la intensidad de la llama para largas cocciones de arroz o tostadas.
Huele a tostada con mantequilla!!

El dibujo del marco del sol en el suelo es idéntico al que se formó anoche cuando la luna, desde una posición similar, saltó de entre las nubes. Fue tanta luz que pensé que venía gente con linternas en mitad de la noche, y apagué la luz roja del frontal para cerciorarme.

Esperaba por el arroz, leía en voz alta francés y cada poco colocaba aparatosamente un pie, alternativamente, en la tapa del cazo para calentármelo.

Pongo la bufanda chilena, que me dijeron es de lana de alpaca, en el fondo del saco para ayudarles a calentarse. Hice muy bien en mantenerla hasta pasar el frío de Tasmania.

El refugio está fatal. No tiene casi ni suelo, pero tiene una mesa para cocinar y escribir, baja e incómoda pero es todo lo que necesito.

La tostada está lista.

En la puerta pone, pintado en negro, ‘In the company of great black birds’.

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Los mejores campañazos/hamacazos de NZ

Reconozco que los mejores momentos de yomelargo son aquellos en los que la independencia que ya he mencionado muchas veces, que se traduce en una brillante especie de libertad, surge en plena naturaleza cuando uno sabe que no le pueden encontrar y que tiene las dos reducidas y únicas cosas básicas que necesita:
refugio y comida.

Son momentos de convertir un lugar completamente virgen en mi casa de una -o varias- noches, colocando y colgando mis escasas cositas aquí y allá, como quien decora su casa, seleccionando un lugar como baño, otro como cocina donde encuentro un asientito donde estar cómodo mientras corto cebolla o remuevo un arroz.

Todo se tiene en cuenta, lados de barlovento o sotavento, orientación de la tienda, sombra y recorrido del sol, distancias a sociedad, ángulos de visión ajenos hacia un posible, y probablemente prohibido, fueguito nocturno.

Desde que aprendí hace años en sudamérica que puedo cocinarme rudimentariamente cosas con una lata de coca-cola y alcohol, he ganado más calidad de vida en los bosques. Mi mochila lleva una compra pesada de ingredientes que vale la pena transportar: sentarse a comer algo mundano en lo inmundo de lo salvaje es de los mejores momentos que un explorador puede sentir. Como el café o el té caliente cuando uno lo decide.

Nueva Zelanda fue fácil para estos menesteres. Países donde es caro dormir y comer, multiplican el escapismo a la independencia. Pero además Nueva Zelanda es bella y facilitaba mi placer, pueblos pequeños y buenos supermercados con muchas cosas de muy buena calidad donde reponer y autostop de lujo: única dependencia. La echo de menos!

Presento una lista con los mejores de los famosos campañazos y hamacazos de yomelargo, todos de Nueva Zelanda.

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Abel Tasman track
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Forgotten world highway
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Nelson lakes
Amanecer

Un río sonoro cerca de Nelson lakes
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Tras la Golden Bay
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Kaikoura
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Con los estadounidenses en una playa de Westport
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La ruta Angelus

23 Noviembre 2015

Una de las expediciones más bonitas que recuerdo en Zelandia, y quizás menos conocidas y más recomendables, es la que circula junto a los lagos Nelson y asciende hasta un lago helador y nevado llamado Angelus, en las nubes de una preciosa cordillera llena de refugios y posibilidades para el montañista.

A orillas del lago Nelson pasé mi primera tarde planeando el ascenso. Me regaló una pasada de puesta de sol, cerrada por las nubes pero pacífica y húmeda. Encontré un pequeño escondrijo entre arbustos donde cabía mi tienda sin ser vista desde los muelles, pues estaba cabezón con tener esa maravilla de visión desde mi mosquitero al despertar, sumando otro ‘campañazo’ a la lista. Sí, había un camping, pero estaba lejos de la orilla, había que pagar, y estaría rodeado de otros turistitas.

En las mañanas de los lagos, sólo unos minutos en el alba, pasaban rápidos unos pájaros pequeños cuyo sonido me alegraba el despertar. Y quise recordarlo mucho tiempo.

Puesta de sol

Puesta de sol


Anda, ponte los cascos

Amanecer

Amanecer

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El lago azul

En un rincón del anillo gigantesco de Rangiroa está el lago azul, poco profundo y rodeado de islas pequeñas, frescas y planas conectadas por pasajes de agua por donde caminar, cubre hasta la cintura máximo. Aguas azules cristal, arena blanca.

La primera noche nos quedamos pacientes dentro del anillo, era tarde, esperando que al día siguiente nos guiaran los ingleses por un acceso sin coral. Veíamos la puesta de sol al otro lado del anillo.

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Al llegar al día siguiente, las dos familias nos tiramos en la arena blanca sin saber por dónde empezar un día en un lugar tan exquisito. Edward y yo abrimos cocos, comimos de ellos; un grupo de polinesios que llevaba una grupo de visitantes nos hicieron amistad y nos regalaron toda su fruta fresca antes de irse. Un hombre asó pescado en una idílica parrilla sobre el agua y docenas de tiburones y gaviotas locales revolvieron cielo y agua cuando arrojó los restos alrededor, caminando entre las aletas nerviosas de los escualos.

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Días 58-61

Bitácora pacífico
06 agosto 2015

Día 58

Los días pasan en Rangiroa.
Éste es el lugar de la leyenda de la perla negra. En Polinesia la perla es un gran mercado. Un día fuimos -toda la familia- a una granja de perlas. Una misma ostra puede producir varias, que tardan en formarse años y tienen varias categorías de calidad. Los operarios las abren un cachito para retirar las perlas y plantar nuevos embriones. Averigüé muchas cosas interesantes, pero también que las perlas no se recogen en ambientes naturales. Todas son de granjas. A veces se venden tiradas.
Hay una perla negra en alguna parte de mi mochila.

Este lugar es realmente un paraíso. Es una enorme barrera circular de coral y arena, de pocos metros de altura, con palmeras. Por el lado exterior del anillo está el océano, olas lejanas que rompen en la distancia, y está el infinito. Por el lado interior es un ‘lago’ íntimo, profundo y calmo, enorme, unos 30km de ancho. Los barcos entran por los ‘pases’, estrechas aberturas con increíbles corrientes de marea y que son el horror de los capitanes si no se pasa en la hora exacta.

Todas las islas y atolones que conozco de la Polinesia tienen un anillo de arrecifes semejante que protege naturalmente a su mismo paraíso interior.
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Hermanos del pacífico

Yo no tengo hermanos (varones).

Pero en aquel barco navegaban conmigo mis hermanos del pacífico,
Edward y Alex. Edward era inglés y conmigo éramos los dos tripulantes ajenos del barco; Alex era el hijo de 7 años de los dueños del barco. Pero todos éramos una familia navegando el pacífico. Todos hermanos.

En mis excursiones por Nuku Hiva, Edward se animó alguna vez conmigo a caminar y así caminaba con mi hermano. Había un desfiladero que me llamaba a gritos en el lado oriental de la gran bahía de la isla, y recuerdo subir hasta el punto más privilegiado con él y compartir silencio y fruta. Mangos robados de alguna finca en el camino.

Los rayos de sol se filtraban por las nubes y tocaban algunos rincones de la bahía, y averiguábamos nuestro barco entre los varios, en la distancia. Allí está Alex! El sol finalmente rompió la nube y gritó antes de irse, mostrando su divino contento ante nuestra atención.

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Edward es menor pero aun así he aprendido mucho de él. Sé lo que es ser el hermano … no preferido de la familia. Edward tiene una actitud mucho más adecuada que la mía a bordo y eso le confiere un status de favorito. Además de ser anglosajón y tener esa ventaja cultural y de afinidad con los dueños, tiene más paciencia y menos prisa en el viaje. Le da igual todo. Confieso que mi desconexión ha sido provocada por la ansiedad de continuar el viaje, la preocupación por el dinero que se va en estas caras islas y los días que pasan sin movernos, mientras nos acercamos al fin de temporada, donde podría quedarme atascado en el medio del pacífico un invierno entero esperando a que pasen los huracanes. Además no puedo evitar discutir con el dueño (y capitán) conceptos prácticos de navegación en los que está equivocado por su inexperiencia, que es tan grande como la mía. Su dulce esposa calma con sabiduría y la única energía femenina de a bordo las diferencias.

Pero es otra de las enseñanzas que aprecio. El ser el hermano “malo” de la casa conduce a intentar y saber ser mejor hermano.

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Alex. Gracias a él he aprendido a vigilar mi lenguaje, y ser el hermano mayor de un muchacho. Todos educábamos a Alex, era un trabajo contínuo de mantener una actitud correcta ante él, decir lo correcto y poner límites razonables a sus conflictos.

Cuanto más entregaba a Alex, más bonita se hacía mi experiencia con él. Si jugaba con él a algo, si simplemente miraba la pantalla de su ipad cuando me pedía que lo hiciese, cuando le puse ‘Alicia en el país de las maravillas’ aunque fuese en francés, notaba su afecto. Hubo veces que se me tiró encima antes de irse a la cama y me abrazó en silencio. Eso fue muy, muy guapo. Alex.

Alex en nuestra entrada a Rangiroa

Alex en nuestra entrada a Rangiroa

Hubo una vez que construí la nave más grande que jamás habíamos visto con sus piezas de Lego (esto le emocionaba). La llamamos la ‘super-hiper-invader-spacecraft’ y duró un tiempo sin romperse aunque jugábamos a destruirla y a ver si superaba golpes.

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Hemos conocido en Rangiroa una familia cachondísima de ingleses -wealthy people- con tres hijos preciosos y pecosos. Me recuerdan mucho a unos amigos de mi infancia.

Pasamos tiempo con ellos, comemos juntos, vienen a nuestro barco alguna noche, y estos van al suyo alguna otra mientras los ‘hijos’ nos quedamos viendo una peli en el nuestro.

Alex tiene nuevos amigos de su edad para jugar, es genial. Qué sueño para ellos, no? Nadan entre barco y barco en aguas más limpias que las de una piscina pero llenas de peces, mientras el sol se pone, van y vienen en una tabla de surf o una canoa hinchable.

Yo me subo al mástil, Edward y yo solemos hacerlo como buenos mozos de a bordo. El lago circular interior de Rangiroa, protegido naturalmente, esta hoy más calmo que nunca. No se mueve el aire ni el agua. Es totalmente perfecto.

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Desde aquí arriba vigilo que mi hermano Alex está bien mientras juega con sus amigos y sus padres descansan. Es un campeón. Rema hacia el otro barco con fuerza en la tabla, nada muy bien. Nunca se ha mareado ni con las peores olas, al contrario, juega tan tranquilo bajo cubierta con su ipad cuando los demás nos agarramos a cualquier cosa para no caer. Su escuela es su madre, que le ha dado un ingles extremadamente perfecto para su edad y le da clases cada mañana por una hora. Nada malo puede salir de ese chico, estoy orgulloso de él!

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Desde aquí arriba veo la puesta de sol. Los demás barcos flotan paralelos en la corriente llenante. Se encienden sus luces de anclado.

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Hoy, de mañaneo, hemos escapado en el dinghy de nuestro barco los tres un rato. Alex se ha emocionado al huir hacia un embarcadero de la orilla.

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Hay un lugar en el ‘pase’ de Rangiroa (por donde entra y sale el agua de las mareas, haciendo corrientes increíbles) donde se forman ‘standing waves’, olas estáticas. Los delfines van todos los atardeceres a saltar en ellas, pues deben pescar mejor. A veces saltan dos juntos, ocasionando gritos de júbilo entre los asistentes al espectáculo.

Después, mi hermano Edward y yo caminamos por una orilla cualquiera, y hablamos de cosas de mayores, que mi hermano Alex no puede oír, porque es, de momento, pequeño.

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