De lo profundo del intelecto (el amor)

Septiembre 2016

No cabe duda de que son grandes las teorías orientales expuestas sobre el condicionamiento humano a un inherente sufrimiento o insatisfacción que es notable en la inestabilidad global de hoy. Entendidas con esfuerzo, tampoco cabe duda de que son grandes verdades con un gran poder curativo para el atasco material que tenemos con los sentidos, y el hábito del deseo-placer-dolor.

Éstos, han sido años de desapego material a los objetos de placer; de contar con una mochila como única pertenencia; de no sufrir identificación con ninguna costumbre o tradición ni con ninguna estructura social o establecimiento político, por el mero carácter y espíritu nómadas de la experiencia, que evitan arraigo y apegos y promueven la opinión objetiva sobre las cosas; de perder todos los antiguos hábitos a placeres y deseos (y por tanto, dolores) de alcoholes, tabacos, estimulantes e intoxicantes en general, coca-colas, chocolates, helados y el etcétera que sobrepase aquello relacionado con la supervivencia básica -comida plana- bajo un propósito de economización de largo recorrido que podrá entenderse; finalmente, han sido años de continuada soledad, que es bien responsable de la conclusión de este escrito; recientemente llegué en dos ocasiones a una interesante realización que tiene tanto peso como para escribirla, aunque no diga nada nuevo que no sepamos.

El desarrollo del amor y la compasión por los demás, si es que queremos considerarlos cosas diferentes, se convierte en una misión pues son palabros universales que han sido objetivos en el viaje por su importancia y recurrente aparición en todas las esquinas sabias. Buscándolos sin encontrarlos en mí mismo, pues creo que los hemos perdido en algún lugar y a ver dónde diantres andan, he sentido algún destello como los siguientes. Sigue leyendo

Del budismo o del Gita, una conclusión

Por otro lado, el budismo, cuyo objetivo no es Dios sino una perfección, liberación, nirvana, o iluminación, dependiendo de la escuela, considera que todos somos potenciales Budas, o iluminados, incluídos los mosquitos y las sanguijuelas: en nuestro ciclo de vida y muerte pasamos por muchos seres diferentes y todos tienen derecho a iluminarse alguna vez al final de esa evolución, así que matarlos o interferir en su camino es pecado y cargará karma a tus espaldas del que tendrás que hacer cuentas en algún punto de tu existencia.

Por el no matar mismo, es lindo ver a la gente tener cuidado de no matar mosquitos. Yo les daba tregua meditando en el calor y el sudor. -Pero me he cargado unas sanguijuelas recientemente caminando en Sikkim, edito, que se llenaban de mi sangre muy gordas bajo mis calcetines, dejándolos para escurrir sangre. Mire perdone, pero hay cosas que…-

Otro colega le preguntó a Buda,
-Buda, ¿por qué debemos amar a todos por igual?
-Porque en las numerosas vidas de cada hombre, todos los otros seres han sido en algún momento amados para él.

Quería decir que en el pasado, presente o futuro, todos nos cruzamos con todos en algún punto, y cada persona podría ser un amigo en otro momento de tu existencia [existencia de tu alma, burro]. Y ojo que Buda, bobadas, no decía muchas. Sigue leyendo

El budismo

Importante palabra a mi paso por Birmania, tierra especialmente budista, ha de tener cabida en mi bitácora, como la meditación, pues no quisiera olvidar las cosas que he aprendido. Una introducción al budismo es necesaria:

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El budismo es una “doctrina filosófica y religiosa” no teísta perteneciente a la familia dhármica, fundado en la India en el siglo VI a. C. por Buda Gautama. Ha ido evolucionando hasta adquirir la gran diversidad actual de escuelas y prácticas.
Las enseñanzas de Buda se mantienen en un compendio donde se transcribieron sus discursos después de la iluminación, llamado Tripitaka (tres cestos).

Hay muchos estilos de meditación. Todas las religiones tienen algún procedimiento al que llaman meditación, pero la palabra está algo deteriorada por el tiempo. Como el yoga. Solemos pensar, en Occidente, que el yoga es tirarse al suelo a hacer posturitas complicadas. El yoga, sin embargo, es un conjunto de prácticas espirituales, la más importante de ellas, la meditación. He conocido el kriya yoga, el bhakti yoga, el hatha yoga (éste es el de los asanas o posturas físicas) o el karma yoga, donde podríamos encajar el budismo.

Lo que me atrajo del budismo en un principio, cuando era un vulgar ateo más de los tantos y mi punto de vista científico se superponía a cualquier visión trascendental de la realidad, fue que era diferente de las religiones teológicas con la que los occidentales estamos familiarizados. Era más una entrada a una realidad espiritual pero sin tener que pasar por deidades u otros agentes; se basaba en una observación de la realidad a nivel físico, algo perceptible con un trabajo extenuante pero con resultados también visibles. Su sabor era clínico, más en relación con la psicología que con la propiamente dicha religión.

El budismo que conozco en su técnica Vipassana es una investigación constante de la realidad, un exámen microscópico de la percepción. Aunque hay muchas distintas sectas dentro del budismo, se dividen en dos corrientes de pensamiento: Mahayana y Theravada. Las dos se expanden en diferentes zonas de Asia; Mahayana es el clásico en Japón, Korea, Vietnam, y su principal conocido sistema es Zen. Theravada es el extendido en Birmania, Laos, Cambodia, Thailandia, y es el que incluye la técnica Vipassana según transmitida por Buda. La literatura Theravada divide la meditación en dos tipos: en pali ‘Samatha‘ y ‘Vipassana‘.

Samatha se puede traducir como concentración o tranquilidad de la mente. Es un estado en que la mente se trae a descansar, enfocada en un objeto de meditación, sin dejarla moverse de él: un mantra, un canto,la respiración, una vela, una imagen religiosa, etc y todo lo demás queda excluido. Cuando se hace esto, se alcanza una calma general muy deseable, una rotura con todo que dura hasta que el meditador finaliza la sesión. Es genial y fácilmente alcanzable pero solo temporal.

Vipassana se puede traducir como introspección, consciencia de las cosas que pasan tal y como pasan. El meditador Vipassana usa la concentración como una herramienta con la que su consciencia puede acabar con la capa de ilusión que le separa de la realidad. Es un proceso gradual que lleva años y mejora esa consciencia -mindfulness- lentamente hasta una realización y transformación completa, pero es permanente. Esa liberación es el objetivo de todas las prácticas budistas.

Theravada nos presenta un efectivo sistema para explorar los niveles profundos de la mente hasta el mismo nivel de la consciencia. De todos los objetos de meditación que pueden escogerse para la concentración, yo solo utilizo la respiración, siempre accesible y representante del ciclo de interacción con el universo del que somos parte. Observándola, observo también los cambios que ocurren en todas las experiencias físicas, sentimientos, percepciones. Estudio mis actividades mentales y fluctuaciones en la atención: todos estos cambios están ocurriendo perpetuamente en cada momento sin pausa, solo hay que verlos, con una trabajada sensibilidad.

La meditación es una actividad experimental. No puede enseñarse como materia escolástica, aunque lo que sé viene del Tripitaka y de los maestros que lo conocen y me lo han transmitido. Es la práctica sobre esas prácticas lo que trae el entendimiento que quisiera alcanzar, aunque soy un ignorante que simplemente difunde información que considera valiosa.

Siguiente, la meditación.

Sambori

Bima, Sumbawa, 28 abril 2016

Llego a Sambori en una moto con Zoe, mi ya amigo de Bima. Cuando me habló en la calle al llegar, le rechazé instantáneamente pensando que quería dinero o algo. Pero después confié, supongo que miré bien en sus ojos y le ví. Me ha ayudado de verdad. Me ha regalado sandalias cuando mis chanclas morían y me ha propuesto planes en Bima sin interés.

Al final, una compañía ideal, y hasta conversaciones interesantes sobre amor y religión.

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Hoy hemos pasado el día en las alturas. En una aldea tradicional llamada Sambori, el origen indígena de Bima, en las frescas montañas cercanas.

Se asoman curiosas a la puerta de su casa unas muchachas, las más bonitas que he visto en Indonesia. No se dejan fotografiar. Cuanto más se pierde uno en lo remoto, mejores joyas se encuentran. Eran muy niñas pero con esa madurez cautivante y contenciosa que despierta interrogación y curiosidad, confieso deseo, no tanto por tenerlas sino por la remota pero abierta posibilidad de madurar una relación desde el abismo cultural, con paciencia, y forjar un amor único y remoto, abandonando todo por descubrir si sería capaz de vivirlo y masticarlo lentamente, desde el respeto y la aceptación cultural, social y psicológica que significaría romper con tantos clichés y reglas. ¿Sería capaz? Con amor, supongo.

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Twilight tarn hut

Tasmania, finales marzo 2016

Fue en aquellas mismas montañas de Tasmania donde pasé la noche en el refugio de las grandes aves negras donde me encontré otro refugio que llenó una mañana de magia.

Descendía de laderas donde la vegetación era bastante desconocida para mí, delgados árboles como arbustos estirados, rocas musgosas y millones de charcas y lagunas preciosas cuya agua era cristalina pero demasiado fría para admitir vida visible. Nubes densas corrían, también aquel día, transversalmente, helando mis manos. De pronto, aparecí, por debajo de la altura de nube, a un lugar más seco donde por fin llegaba el sol y podía ver un gran valle frente a mí, me sentí reconfortado.

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Poco más tarde llegaba al refugio, solo y aún frío. Buscaba ese cobijo que dependiendo del tiempo y de los planes puede durar 10 minutos de calentarse las manos y tomar un snack o dos horas de cocinar, comer, leer y hasta dormir. Pero allí fue como un sueño, una inesperada dosis de silencio y observación cautelosa, un viaje en el tiempo.

El tarn hut fue usado en tiempos de colonos que se divierten con los nuevos territorios como base de ski. Ahora pobladas las laderas de árboles altos y maduros, en algún punto han debido de estar planas y verdes admitiendo la nieve como forma de entretenimiento. El refugio está también en mal estado, pero inconcebiblemente, mantenido exactamente como hace casi 100 años.

No sé si me chocó más esto o la forma en la que esquiaban en esa época. Qué paciencia! Qué ropas, qué botas, qué skies. La sala principal mantenía la chimenea, cerrada por el desgaste de las piedras y arenas, una mesa, un asiento y la misma forma que en muchas fotos que estaban en una pared de un cuarto, de 1928. Había gente divirtiéndose en iglús, comiendo en el refugio o esquiando: subían la colina a pie y se dejaban caer por unos segundos de gloria, pues era más bien pequeña.

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En aquel cuarto pasé al menos una hora, sintiendo en el silencio de la mañana las presencias de aquellas personas en el mismo lugar, imaginando su paso de fin de semana por aquellos cuartos y sillas. Frascos y latas de comida enlatada, reservas de azúcar, café y otras comidas tal y como habían quedado. Medicinas, galletas, pastillas, aspirinas, utensilios de cocina. Material de esquí: botas de cuero de mujer y hombre, esquies de madera con unas fijaciones que me daba la risa: no podían sujetar una bota con aquellas tirillas, no me lo creo!

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El meridiano 180º

día 133 de la bitácora pacífico
14 octubre 2015

Probablemente, una de las cosas más interesantes que pasaron por la cabeza de Exupery cuando escribió el principito fue lo de poder ver las puestas de sol más de una vez por día, corriendo simplemente su silla unos pasos adelante en su pequeño planeta.

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Viajar contínuamente hacia el oeste, en la dirección del sol, es como perseguirlo sin llegar nunca a alcanzarlo. Es una bonita sensación de caminar hacia la iluminación, hacia la luz, la belleza del atardecer, hacia el descanso, hacia casa. Los días son un poquito más largos, los he estirado con cada uno de mis pasos hacia el sol, he ganado tiempo, o mejor, más vida.

Un regalo del universo. Pero el universo es tan exacto como caótico, y en algún momento las cosas se ajustan para volver a la calma, al balance global. Llega la factura. Sigue leyendo

De pronto, Samoa

Día 113 de la Bitácora pacífico
28 septiembre 2015

En Samoa, -sigo en Polinesia-, la población es de un negro suave, sonríen bastante y viven muy tranquilos, muy despacio.

Las tierras están repartidas en grandes parcelas con jardines verdes y frescos que crecen sin parar debido al clima, lluvia y sol, donde crecen plantas frondosas verdes, amarillas y rojas que dan envidia porque cualquier rincón parece un jardín botánico. Las casas (fales) son de madera y muy simples en el mejor de los casos, pero existe una vivienda típica (el open fale), que son como templitos griegos, rectangulares y con columnas por el exterior y dentro. Algunos tienen una barandilla de madera diminuta, y parecen guarderías donde meter a los niños sin que se escapen. Dentro, viven las familias, con abuelos y muchos niños metiendo barullo, solo parando para apoyarse en una columna y levantar la mano al paso de uno, gritando Bye! y sonriendo.

Delante, en sus verdes jardines, tienen las tumbas de sus antepasados. Unas losas grandes de cemento bien marcadas, donde descansa un bisabuelo o la abuela, junto a ellos, siempre.

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