De lo profundo del intelecto (el amor)

Septiembre 2016

No cabe duda de que son grandes las teorías orientales expuestas sobre el condicionamiento humano a un inherente sufrimiento o insatisfacción que es notable en la inestabilidad global de hoy. Entendidas con esfuerzo, tampoco cabe duda de que son grandes verdades con un gran poder curativo para el atasco material que tenemos con los sentidos, y el hábito del deseo-placer-dolor.

Éstos, han sido años de desapego material a los objetos de placer; de contar con una mochila como única pertenencia; de no sufrir identificación con ninguna costumbre o tradición ni con ninguna estructura social o establecimiento político, por el mero carácter y espíritu nómadas de la experiencia, que evitan arraigo y apegos y promueven la opinión objetiva sobre las cosas; de perder todos los antiguos hábitos a placeres y deseos (y por tanto, dolores) de alcoholes, tabacos, estimulantes e intoxicantes en general, coca-colas, chocolates, helados y el etcétera que sobrepase aquello relacionado con la supervivencia básica -comida plana- bajo un propósito de economización de largo recorrido que podrá entenderse; finalmente, han sido años de continuada soledad, que es bien responsable de la conclusión de este escrito; recientemente llegué en dos ocasiones a una interesante realización que tiene tanto peso como para escribirla, aunque no diga nada nuevo que no sepamos.

El desarrollo del amor y la compasión por los demás, si es que queremos considerarlos cosas diferentes, se convierte en una misión pues son palabros universales que han sido objetivos en el viaje por su importancia y recurrente aparición en todas las esquinas sabias. Buscándolos sin encontrarlos en mí mismo, pues creo que los hemos perdido en algún lugar y a ver dónde diantres andan, he sentido algún destello como los siguientes. Sigue leyendo

Linux vs Cristianos

Que las religiones y sectas que estoy descubriendo en la verdadera tierra espiritual, India, consideren a Jesucristo un avatar más de Dios, y valoren su dogma o la Bíblia, pero los cristianos no consideren la sabia palabra de aquí, es como, y perdón por la deformación profesional, que Linux vea y monte las particiones de windows pero windows no vea las de Linux… y las oculte!

Los ojos de un devoto no comen carne

26 julio 2016

Sigo evolucionando así entre los Hare Krishnas y su divina felicidad. Los mejores devotos que he conocido en el mundo son hasta ahora los krishnas. Después de pasar por ISKCON Guwahati e ISKCON Shillong más adelante, decidí que la pureza en sus ojos y en todas sus acciones, sus voluntades, su generosidad, era inigualable.

Tal vez los efectos del Maha Mantra, su vibración sonora y la práctica del Bhakti Yoga, el servicio amoroso a Dios, sean más fuertes de lo que creo. He visto que el último sutra del Vedanta Sutra dice: “Uno se libera por vibración sonora.” Lo que sí sé es que los efectos son visibles en los devotos a mi alrededor, así como en todos los jóvenes que decidieron unirse al movimiento en los 60 y 70 y que ahora están aquí -van saliendo- y tienen aquí a sus familias. Es una fé reveladora: incluso sin conocer los Vedas, muchos se mantienen puros y siempre siguen los 4 preceptos principales (que por cierto son casi iguales en el budismo):

No comer carne, huevos ni pescado.
No participar en juegos de azar.
No realizar vida sexual ilícita (me explican que esto es antes del matrimonio)
No consumir ningún tipo de intoxicantes, incluyendo tabaco, café y té negro.

El amor a las vacas en el hinduísmo quita totalmente las ganas de comer carne. Están por todas partes en India, en medio de las carreteras, y se las respeta como segundas madres. Tenerlas cerca abre los ojos a su ternura y a sus increíblemente bellos ojos, y uno no puede creer que se maten miles de ellas cada día en todas partes. En ISKCON hay un ‘goshala’ donde todas están y se puede ir a tocarlas y a darles el cariño que les debemos tras tanta matanza. De hecho, si uno va después de bañarse al atardecer y las toca, se purifica. Esto se convirtió en una de mis tareas preferidas en las cálidas tardes de Mayapur. Sigue leyendo

Calcuta y Paramahansa Yoganandaji

10 julio 2016

El gobierno birmano me deniega, a última hora, el permiso de acceso por tierra al inestable estado de Manipur, India, por conflictos armados. Habiéndolo confirmado previamente por un precio regateado para ir yo solo hasta el paso fronterizo de Temu/Moreh (obligaban a contratar un guía), mi desilusión me lleva a hacer un rápido plan B: Calcuta.

Los taxis amarillos, que son coches antiguos de los años 60 (el famoso modelo Hindustan Ambassador) tal vez sean la estampa más notable de la ciudad, junto a los rickshaws. Hoy, los rickshaws son a motor o eléctricos, los llaman TOTOS, pequeños cochecines para 4 personas encajonadas. Pero ahí siguen los clásicos: a pedales, oxidados triciclos que parecen no haber sufrido renovación desde esas fotos que me marcaron de Calcuta en una clase de religión de 2º BUP, cuando el profe nos mostró su historia, o tal vez la de Madre Teresa. Los rickshaws que penetran en el corazón son los carritos, cuyas asas se levantan con las manos y se llevan a pie: hombres escuálidos, viejos, arapientos, de piel muy negra pero pelo y barbita blanca, héroes admirables que tienen fuerzas para tirar cada día de uno por 12 rupias la carrera (18 céntimos).

8ad0fcc60a9f0eeef8197c056c26a161Bicycle-rickshaw-in-Kolkata Sigue leyendo

Los Palaung

10 junio 2016

“Cada paso es más duro. Joder con el barro, llevo unos skies de barro bajo las botas, es imposible ascender estas montañas por este camino de barro y sin parar de llover intensamente. Avanzaría más a través, pero es tarde y la orientación es complicada.”

Todavía hay cosas en mi mochila con peste a humedad desde aquellas intensas lluvias monzónicas de Birmania en las montañas de Hsi-Paw, que me hacían perder la paciencia. El día había empezado bien, caluroso y soleado con una catarata completamente marrón café-con-leche, que me dió no se qué bañarme en las frescas aguas opacas, sin saber qué profundidad o qué monstruos flotarían más abajo.

Dos horas más tarde, saliendo ya de toda civilización, empezó a llover para nunca parar. Pasaba por una última aldea de cuento, muy birmana, y sus antiguas casas de madera me llamaban la atención en un silencio sepulcral. Como creía estar preparado, continué bravo hacia la lluvia cerrando mi chubasquero. No pasó mucho hasta que tuve que correr a una cabañita de las que usan para descansar de labores agrícolas, para dejar de empaparme y de paso comer algo.

La lluvia iba y venía, a veces cantaba y otras chillaba, pero nunca paraba. En un canto suave, aproveché para seguir pero ella volvía a chillar y luego susurraba; así pasaron horas de lodo, agua y sudor, con la advertencia adicional de que en aquella zona había saltado una mina antipersonas a un perro de un grupo fuera de ruta hacía un par de meses, o sea, sin salirse del camino por si aquello. Sigue leyendo

Tren birmano a Hsi-Paw

8 Junio 2016

Eran las 2am y otro de esos autobuses birmanos nocturnos me dejaba en una estación perruna de Mandalay, llena de charcos, barro y sombras.

No había dormido mucho: el conductor pita a cosas invisibles de la carretera, y el pitido de un autobús es toledano. El gobierno birmano, en un aparente impulso de independencia o evolución, dijo que se acabó lo de conducir por la izquierda, que por la derecha. Pero no se dieron cuenta de que todos los vehículos tienen el volante a la derecha; la consecuencia es que el conductor ciego a la derecha y un par de copilotos van a la izquierda diciéndole lo que ocurre en el otro carril, con la consiguiente fiesta en cabina.

Entre sueños y un voraz impulso de atacar al conductor el viaje pasó, sin embargo, rápido.

* * *

A las 4 de la mañana salía el primer camioneto hacia Pyin Oo Lwin, de noche: la major opción para salir de la ciudad pesada era en la parte de atrás abierta y metálica y dura de un transporte barato. La claridad llegó con las primers montañas que conocí en Birmania, y con ellas, un súbito frío en aquel camión que me hizo buscar abrigo; con la espalda rebotando en un hierro, las dos manos asidas a otros dos, el balanceo y el frío, aun recuerdo dormir un poco.

Caminando en Pyin Oo Lwin hacia la estación de tren me alegré tremendamente de haber escogido aquel pueblo para un retiro de meditación: el calor espeso de Birmania no iba a ser un enemigo fatal allí… Pero hasta entonces, pasaría 5 días en las montañas remotas de Hsi-Paw, y me subí a un tempranero que tardaba 6 horas pero me regaló, cuando no estaba dormido, los mejores momentos de tren birmano que recordaré. Sigue leyendo

Sabor Birmania

Birmania

02 junio 2016

En Birmania todos los perros son grandes y de una misma raza galguna. Como es normal en Asia, aunque en diferentes grados, se quitan del medio cuando uno se acerca: se nota que los tienen a raya. Desconfían. Pero les encanta dormir en la carretera, en el peligro. A mí me acaban ladrando a menudo porque notan demasiado la rareza en mi presencia, y a veces todos los de un barrio me acompañan ladrando. Debo ser un canteo para ellos. Hasta que me caliento y acabo agachándome a coger una piedra y desaparecen. Ese gesto es terror. Saben.

Todo el mundo masca, desde niños, Paan: un preparado con una hojita que envuelve betel con un poco de bicarbonato. Los llevan todos en una bolsita de plástico en el bolsillo y van sacando los paquetitos de hojitas como si fueran chicles. Al masticarlo, se les pone la boca roja y líquida intensa, rollo sangre, hasta que no se les ven ni los dientes Pero dicen que es para cuidarse los dientes, que es saludable. Y seguro que coloca.

Es de las cosas más terribles que he probado en la vida. Un sabor insoportable, a la altura de la ayahuasca. A veces mantienen el líquido en la boca mientras me hablan, porque es rico para ellos y no quieren desperdiciarlo si han empezado uno hace poco. Así que me hablan como aquel que se está lavando los dientes, con la barbilla arriba. Si llevan mucho rato con él, escupen un chorro rojo enorme, y hablan.

Porque en algún momento hay que escupir, así que, sin gestos de excusa, se giran buscando una acera, sacando la cabeza por la ventana o por la puerta del coche que abren entera a tal efecto, y fuera un buche al suelo que parece que les acaban de saltar los dientes de un puñetazo. Mujeres lo mismo. Y gapos bien majos también.

Hay muchas bicis clásicas, ferrosas y oxidadas, que se venderían curiosamente a miles en Barcelona por lo cool que lucen. Los niños las usan para ir a la escuela, cuyos patios quedan atiborrados de ellas aparcadas, y llevan unas alforjas cruzadas en el pecho que parecen bandoleras de condecoración, de muchos colores diferentes, muy bonito.

Especialmente las mujeres, todas, pero también algunos niños y hombres llevan la cara pintada con una pintura blanca-beige, rasgo cultural y me dicen, también, que aclara la piel. Los hombres, todos, los que son house-holders (llevan una casa, no son monjes) usan como atuendo principal una camiseta de tirantes blanca estirada, sucia y medio rota y un sharung, trapo largo cerrado, sobre las piernas, luce como una falda.

Entre Thanbyuzayat y Mudon he parado a dedo perdiéndome en las callejuelas de las calles. La casa típica, al menos en esta zona, es elevada, de una madera oscura o negra preciosa, con formas cuadradas en la mayoría pero en casas pudientes se acomplejan. Lo que es común a todas, es que tienen una extraña ventana diferente, con cristalitos de colores o amarillos, que sale hacia afuera para captar luz y desde dentro ha de verse como un hueco empotrado de luz en la casa. Es, sin duda, el altar donde tienen a su Buda.

A veces paraba en una especie de escuelas de donde salía un delicioso sonido de gente y niños tarareando una melodía repetidamente, nunca supe qué era y el sonido me lo robaron como tantos otros de Birmania con la grabadora… :(

El país es, hasta ahora, plano, plano y plano. Hay grandes extensiones de campos inundados con muchos bueyes. En Birmania no existen las máquinas agrícolas. Hombres solitarios siguen con una pareja de bueyes tirando de un arado por los campos. En el amanecer del tren nocturno que me llevó de vuelta a Yangón para recoger mi pasaporte visado a India y seguir al norte del país, no ví otra cosa que aquello, aquello y casas aisladísimas de papel bambú que habían de estar inundadas, pero se lo montan para salir limpios e ir al cole y a trabajar por caminitos elevados y la vía del tren.

* * *

Son tierras donde el Buda dejó su legado intacto hasta hoy. Estoy encantado de haber llegado a la cuna de un estilo de vida que tanto me ha dicho, cambiado y enseñado en los últimos años. Los monjes budistas, los de cabeza rapada y túnica violeta, están por todos los rincones del país, siempre correctos y con mirada tímida. Hay millones de monasterios budistas.

El sonido de los masjids musulmanes de Indonesia se ha cambiado por el de gongs y percutores de madera que vienen desde la distancia, indicando una nueva sesión de meditación o algún nuevo horario. Después de un par de noches durmiendo en monasterios en el estado de Mon, he podido ver que utilizan las mismas prácticas y horarios que ya conocía, -y que por ser extendidas internacionalmente por la asociación Dhamma, pensé habrían sido modificadas para suavizarlas-. Lugares libres de distracciones, ruido e interrupciones. Segregación sexual, falta de posesiones. Alguien encargándose de la comida o la seguridad, o de las cosas mundanales, mientras uno puede colocar toda su concentración en meditar y la atención en su interior. Toda una preparación para mi siguiente curso.

* * *

Desgraciadamente, la globalización sigue destruyendo el exotismo. Desde las chozas más rudimentarias de la Indonesia perdida, donde podía llegar con la moto, hasta las humildes casas rurales de Birmania que, aunque al menos siguen techando con hoja, también tienen en un rincón la tele de plasma, donde todos miran y callan en los momentos más familiares, como la cena.

Canales de mierda con telenovelas de risa asiáticas, o canales satelitales con un Real Madrid-Betis.

Las pantallas blancas de los móviles modernos lucen en las noches, iluminando las absortas caras de sus ausentes usuarios, e incluso los monjes llevan uno entre sus atuendos.

* * *

No puedo salirme de las rutas principales en el estado de Mon para buscar paz y bosque en mis noches de camping porque los locales me paran y me señalan la ruta principal de vuelta. El turismo se abre en Birmania pero lentamente.

Cuando intento dialogar, me hacen gestos de armas, con lo que interpreto militares o algo. Es frustrante porque parece que Birmania está limitada a la carretera principal para los turistas, que a mí me gusta evitar a menudo, porque no he podido entrar a ver la Birmania profunda rural aún, pero he acampado evitando esas zonas igualmente en los últimos días en playa y bosque, y disfrutado en la misma medida.

[no hay más fotos en yomelargo]

¿Qué está pasando en Flores?

22 Mayo 2016

*Acabo de volver de Flores. Como no me gusta repetir vistas, encontré un barco tirado por temporada baja que vuelve al oeste parando por lugares geniales en el norte de las islas, islotes donde hacer expediciones cortas o los mejores esnórkeles que recuerdo desde Filipìnas (insuperada aún). Han sido días de paz y escribir sentimientos cruzados que fluyen como resultado de estos años. La cámara de fotos murió. Le entró agua sin razón aparente en un buceo en las azules aguas de esta foto. He pensado que no voy a reemplazarla. Tal vez sea el principio del final, o el final de las fotos: en cualquier caso, las tres últimas fotos de la genial compañera que viene desde Panamá y ya era de segunda mano:

Todavía está vivo el sentimiento de realización y compulsiva fé de Flores. Esto es lo último del diario:

* * *

No recuerdo una aglomeración tan grande de suerte, revelaciones, señales y misterios desde hace mucho tiempo. Parece que el Mismísimo quisiese hablarme o me sonríe todo el tiempo. Han aparecido personas clave en mi camino de unas maneras demasiado oportunas o ingeniosas. Cada día es una bendición, no me importa nada, tengo una confianza total en lo que ocurre, me siento seguro y guiado. La experiencia de la moto por Flores está siendo reveladora.

* * *

Quería compañía y no me ha faltado. En Lombok, el niño de aquella noche extraña en Praya. También Ripaí y Nachel. En Sumbawa, Zoe, hombre de 37 años solitario y con una extraña facilidad para ayudarme o pasearme sin ánimo de lucro y hablar profundo, lo cual necesitaba mucho. Buen inglés y buen tipo gracias al que conocí Sambori.

En Flores, Imam el primero. Un niño de 19 años que me ha hecho sentir como un padre paciente y aprender otras cosas de la cultura musulmana. Gracias a él he visto lo que ya sé y la voz de la experiencia en mí, tras estos años. A veces insoportable, a veces un mejor amigo, a veces un hijo -podría serlo-. Y también dispuesto a ayudarme en Labuanbajo con su cuarto donde puedo dormir y con un alquiler de motos tirado de precio. Hemos recorrido cómicamente el oeste de Flores, un lago volcánico, cataratas y una playa gris y vacía llamada Nangalili donde aprendí algo especial.

Le he hecho ver cómo se puede dormir con gente local por placer y caridad, lo que al principio le avergonzaba terriblemente por su cultura pero finalmente le gustó. En general ha sido una nueva experiencia de compartir que he manejado bien desde la paciencia y calma, conectado, aceptando y disfrutando cada día lo bueno y lo malo, tenga lo que busco o no, y observando su sufrimiento cuando las cosas no salían como esperaba.

He visto su justificada ignorancia y la he entendido, he visto la mía y pensado que ya no es tan grande: aunque sin mérito por compararme con un muchacho, es un sentimiento de éxito en el viaje.

No olvidaré fácilmente las noches en el “long-break” o muelle largo, con Imam, los fritos de banana y las estrellas y el silencio escapado de Labuanbajo. Mis consejos, mis promesas dudosas sobre un reencuentro y un largo viaje juntos, con lo que él sueña. El primer frescor tras el día en el aire y el relax. Su cuartito azul pequeño, cutrín, de aquel extraño hospedaje donde se quedaba.

Con todas las cosas buenas y malas que estoy viviendo, así es el mundo y espero poder seguir viéndolo así, con aceptación y alegría, con la ecuanimidad que me ha enseñado el budismo.

* * *

Y las espectaculares apariciones isla adentro de Flores de Gusti o Jephrey, llenos de bondad y amor y generosidad exageradamente infinita para mí, que soy un desconocido cualquiera.

El encantador Gusti

El encantador Gusti

y su familia

y su familia

¿Por qué?

Es a veces tan ridícula y sospechosa esta presencia que creo ver a Dios a través de sus ojos, manejándolos y sonriéndome en momentos perfectos o justo cuando lo necesitaba, con precisión exacta (al final del día, justo para dormir) ofreciéndome directamente sus casas pocos segundos después de aparecer: Gusti en aquella desoladora gasolinera de Ruteng, en la lluvia, y Jephrey suavemente, como un fantasma, en la oscuridad, tocándome el hombro en las termas de Soa, Bajawa.

¿Por qué?