El templo de Kamakhia

Julio 2016

[* Los escritos a partir de éste pertenecerán a la categoría ‘Inédita’, además de a la que corresponda, para indicar que han sido escritos tras la llegada a Casa en Abril 2017, y extraídos de apuntes manuales de los diarios, de ahí su categorización. Al no disponer ya de equipo para escribir o tomar fotos y sonidos en esta altura del viaje, las imágenes y en su caso los sonidos habrán sido prestados por compañeros de viaje o internet. ]

Una vez más, guiado por voces cercanas cuya intención es buena (las de los hare krishnas con los que sigo, esta vez en otro ashram del estado de Assam), he llegado a un templo en Guwahati al que llaman Kamakhia temple. Está en lo alto de los Neelachal Hills, y las vistas durante el ascenso hacia el enorme río Brahmaputra (inundando por las lluvias, uno de los más grandes de Asia, desde los himalayas tibetanos hasta el delta del Ganges) fue sudoroso pero interesante. Adorado entre hindús, el templo es uno de los 51 Shakti Peethas de su mitología y parece tener unos 2000 años. Dedicado a Mata Kamakhya Devi, la leyenda dice que la vagina de la diosa está dentro de la sala principal, en la oscuridad, y es la razón de miles de ofrendas diarias.

Aún con sus buenas intenciones al recomendarme venir, mis compañeros no saben que personas como yo pueden no querer venir a un lugar como éste. Por algunos momentos me ha parecido estar en el infierno! Resulta que aquí se ofrecen contínuamente animales, especialmente cabritas, a la Diosa (también llamada shakti), lo que hace que el lugar sea como un matadero… pero en un templo!!

Cientos de personas hacen una cola de 4 horas ‘gratuita’ o pagan 501 rupias por entrar en el templo en una media horita. La cola discurre como por unas rampas de los caballitos y pasan por una terrible zona de rejas apretaditos todos. Evidentemente lo que hay ahí dentro, y lo que ocurre, no lo voy a ver: sé ya por experiencia que las grandes colas indias de los templos son para una extraña -al menos para mí, aún ajeno a todo- experiencia rápida frente a una imagen de la deidad que no sé adorar bien y que me deja en evidencia frente a un posible sacerdote que podría pedirme algo a cambio de unas bendiciones, sacudidas de plantas en mi espalda, hilos en mi muñeca o un bindi o tilak (el punto rojo en la frente). Esto, sumado a las colas y a que no traigo ningún animal sacrificado para la devi, me deja como espectador exterior, que no es poco.

Pero no hace falta entrar para presenciar la violenta tragedia de pequeños y jóvenes animales inocentes perdiendo su cabeza en un degolladero, gritando hasta el último momento. Entre todas aquellas paredes sangrientas me parecía estar en un lugar infernal; más si añadía los puros momentos de realismo indio entre gente malformada, suciedad, pobres hombres en el suelo con barbas de siglos y mugre de años balbuceando limosnas, los que hacen la cola en esa jaula de rejas rojas y me miran aburridos como si hubieran sido condenados al infierno rojo y hubieran ya aceptado su final, perteneciendo ya al mundo de la sangre y de la muerte. Devotos y monjes también visten de rojo. Y una zona en la que las gentes están oscuramente sentadas contra paredes mugrientas y varias capas de mierda; unos procesan mantras con los ojos cerrados, otros arrastran cabritas para ofrecerlas en un altar antes de matarlas, las etiquetan probando tal gesto mientras, las pobres, comen las flores y guirnaldas que suelen ofrecerse también y se compran junto al templo. Qué contrariedades! Puertas enrejadas que separan ambientes sagrados y mortíferos, todo como lleno de sangre pero sin saber si es sangre, como en todas las esculturas de las paredes y figuras de adoración, donde la gente se postra y añade más rojo intenso, confundiendo pintura, sangre y sentimientos.

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Tal vez es porque hace poco fue el Ambubachi Mela, festival más intenso del lugar, pero durante mi visita no pararon de degollar cabritas, que los devotos traían bajo el brazo o simplemente compraban allí. Gritaban y gritaban las cabras sobre todo cuando los operarios, por llamarles algo, estiraban las patas traseras del animal, levantándolo en el aire, con su cabeza ya encajada en la horquilla que la separaría del cuerpo cuando la cuchilla bajase violentamente. La cabeza rodaba por el suelo y por momentos creí que había sangre en todos los rincones del templo.

Escribo esto en una sala de espera que he encontrado fuera de todo aquello, soy el único aquí, y mi soledad representa el distanciamiento físico y cultural que siento con el mundo que ahora veo.

No los condeno, sí los veo en la inocencia de la ignorancia; pero esta vez no, no participaré de la ignorancia de hacer cosas porque todos las hacen: qué feo impulso del fanatismo.

… ofrecer flores y bailar con los krishnas era mejor…