Poner rumbo a Sagarmatha (Everest)

17 Septiembre 2016

Había vuelto a descender a las altitudes mínimas, bajo las montañas, para entrar a Nepal por su frontera más oriental -Kakarbitta-, y el calor se me hizo insoportable. De nuevo me rodeaban miles de humanos ajetreados de piel oscura, ganado, ruido y polvo mientras cruzaba el largo puente que ya me separaba de India, y asomado, volví a sentir la intensa atmósfera caótica y las extensiones planas y cálidas que se extienden bajo los Himalayas, mirando el río con su lecho inmenso y ancho, pero bajando pobre y lento, sucio, hacia el sur.

La primera noche la pasé muy suciamente en Inaruwa luchando con el sudor, y recuerdo que buscaba mapas de Nepal en las calles para determinar cada vez mejor cuál era el ataque que iba a hacer hacia el remoto distrito de Solukhumbu, el paraíso del Everest. Había decidido que me acercaría, en mi largo periplo, a hacer una visita: no podía dejar pasar esta oportunidad. Sin saber si podría acercarme mucho o poco a la montaña, si me permitirían hacerlo estando solo, o si el costeo de ir lo más cerca que pudiese me era posible, ya me había convencido de que lo lograría y, como en otras ocasiones hasta entonces, ya nada podía pararme.

Habiendo fijado exactamente (y escrito en un papel en nepalí) el cruce donde debía saltar de cualquier transporte o autobús que me llevara al oeste por la única carretera que había, para después retomar rumbo norte hacia las montañas, empecé a viajar al día siguiente a dedo y conseguí llegar hasta Katari. Soñaba con subir apenas unas decenas de metros de altitud para librarme de un sofoco que se me hacía extenuante, y con sus 281!!! metros, tan sólo, ya era ligeramente fresco, por lo menos en las noches.

Qué dos días maravillosos pasé en Katari preparando mi ascenso a las montañas! En el último autobús, uno de esos cacharros que cuesta creer que funcionen pero que resultan ser los mejores vehículos sobre barro y ríos, me senté con Krishna, un jóven muchacho al que en tres palabras y tras ver que sentía emoción por comunicarse con un extranjero, sugiero la opción de quedarme en su casa. Fuimos directos. Krishna tiene 23 años, una mujer de 18 años a poco de dar a luz, un hermano -Ramo-, de 17 que vive con ellos y una casa muy austera donde crían pollos pero mira, es el lugar que llevaba soñando todo el viaje mientras veía los paisajes: rodeada de esa paz verde que transmiten los campos de arroz, con vistas a montañas pequeñas y cercanas que inician las faldas de los Himalayas hasta el mismísimo Everest y con un piso superior abierto con barandillas donde no quepo de pie pero si cabe mi hamaca y duermo escuchando ranas y la paz oscura y fresca de las afueras de un pueblo perfecto para preparar algo tan importante.

El entorno de Katari

El entorno de Katari

«Hasta he conseguido reparar una pértiga de la tienda de campaña con un tubo de aluminio flexible que encontré en el bazar, pues me preocupaba tener la tienda coja en esta expedición. Y como me han explicado que, conforme suba hacia las alturas, las cosas irán incrementando su precio proporcionalmente, he decidido llenar la mochila de comidas y provisiones ahora que los precios son aún los baratos oficiales de Nepal. Pero esto significaba cargar con peso máximo en el total de mi ruta hasta donde consiguiese llegar!

De vuelta en casa he de armarme de paciencia pues no encuentro mi descanso total, ya que la familia de Krishna se ve incrementada por momentos con visitantes que vienen a observarme, conocerme y hacerme mil preguntas repetidas cada uno, sin hablar nada de inglés y teniendo por lo tanto que esforzarnos mucho más en cada concepto. Aunque el resto del tiempo son mañanadas, arroces con dal y dabji que es lo que siempre comen en la casa, lavarme la ropa, alimentar a un pollo inválido que esta familia también tiene en su criadero, y pasear por caminos de tierra entre los humedales de arroz y nubes de colores: sabía que eran las últimas nubes de ésas, dispersadas y de baja altitud, que vería en mucho tiempo. Así que Nepal empieza re-bien.»

Salleri es el ultimo pueblo de la desastrosa carretera que me acerca a los Himalayas. A veces cortada por desprendimientos, me ha hecho pasar noches inolvidables con obreros en chabolas de madera bajo mantas, esperando el siguiente transporte que continuara al día siguiente. Pero Salleri está ya a 2500 metros de altitud y a partir de aquí ya solo puedo seguir a pie hacia Sagarmatha, el parque del Everest. He podido conseguir algo de abrigo extra y hacer últimos preparativos pues hay numerosas tiendas, además de pasar un par de días de leer, escribir y gozar en una habitacioncita de madera con vistas al valle del Kosi y hacer una devocional súplica para contar con buen tiempo…

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Sin pensarlo mucho más, me largué a caminar muy cargado, con comida, saco y tienda (éstos últimos fueron una decisión difícil de tomar pero es que me revolvía pensar en tener una posible opción de acampada gloriosa aunque heladora entre ochomiles y no poder ejecutarla) y la ropa más decente que pude juntar. Aún no lo sabía, pero me esperaban veintitantos días de intensa, extenuante, mojada y especial travesía de ida y vuelta hacia los hielos del glaciar sobre el que se instala el campamento base del Everest, y otras maravillas del corazón de los Himalayas.

«Cientos de mulas bien cargadas salen de Salleri cada mañana, temprano, en grupos guiados por uno o dos hombres. En algún punto de la ruta hacia Namche donde ya no rinden por la altitud, se cambiarán por Yapkies (un híbrido entre yak y vaca, con la fuerza del yak y la bondad de la vaca y cuyos cuernos hay que esquivar para no caer a los precipicios en los estrechos senderos de la zona) y finalmente, en altitudes más altas, la carga pasará finalmente a lomos de yaks, los reyes de las alturas. Los hombres tratan de mantenerlos pegados al interior para que no caigan y a veces se ha de adelantar a muchos en grupo… con cuidado…»

…Continúa: Salleri-Namche

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