Tren indio a los Himalayas

Agosto 2016

Estoy en la estación de Duhdnoi.

Me ha encantado llegar porque es extremadamente pacífica y porque tiene ese gusto a día tras lluvia intensa que se aclara para el atardecer ya fresquito. Hay un tren en una hora hacia el noroeste. Más allá de las vías, todo está abierto, con vistas planas a pequeñas montañas lejanas y nubes bajas a nivel del suelo. Las chicas son guapísimas y los hombres trabajan las tierras inundadas y muy verdes. Es la primera zona plana después de tantas montañas en el sureste de Megalaya y se nota que salgo de la zona poblada por los khasi, y después de la de los Garo, dos de los grupos étnicos más importantes del estado. Volviendo a la India general, vuelvo a ver mujeres que no me devuelven la sonrisa, serias y avergonzadas, vuelven ahora a inclinarme la cabeza seriamente a un lado cuando saludo. Los hombres mueven las maletas por la estación pero ellas se tumban encima de ellas, con actitud de espera.

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* * *

Reflexiono, a causa del júbilo que experimento ahora tras los recientes sucesos fortuítos, sobre la variación que hay a estas alturas del viaje entre momentos de humor y optimismo, o desolación y pesimismo. La onda sinusoidal que sube y baja entre bueno y malo, el famoso dualismo que se vence aferrándose al eje plano de las x que divide en dos la onda, no dejando así que nuestro estado suba y baje con ella y permaneciendo estables. Pero cuesta.

Ayer, por ejemplo, llegué a Nongstoin en un ‘sumo’, jeep antiguo de transporte, y le pregunté a un jóven que venía conmigo de Shillong si me ofrecía su casa, directamente, y tras mostrarse reacio e intercambiar unas palabras con otros dos pasajeros que resultaron ser su abuelo y hermano, me dijeron que adelante, pero que su casa era pequeña, avergonzados con su propia pobreza ante un occidental. Tal ternura me hizo sacar todas mis energías con ellos y entregarme en la casa para complacer sus esfuerzos. Aquella familia Garo cristiana pronto estaba emocionada con la extraña visita de un blanco y el buen humor cubrió todas las vergüenzas: hacen falta pocos minutos para ver que mis intenciones son buenas y que pueden relajarse. Una hija pequeña era tan bonita y educada y frágil en su manera de hablar e intentar ofrecerme cosas en inglés, que nos arrancaba a todos emociones, era el ángel de la casa. Al padre me lo gané curiosamente en un instante cuando, al mostrarme su criadero de pollos, le indiqué tras un vistazo que había uno malformado entre los 202 que no conseguía comer y al que debía dar atención especial. Se quedó atónito!

Rezamos todos juntos antes de acostarnos, y el padre y yo nos quedamos viendo el único cachito de olimpiadas que he visto (españa-francia balonmano chicas). Por la mañana me pasearon en el pueblo, en la escuela del padre, y en la tienda de modista de la madre, orgullosos de mi presencia con ellos, yo encantado. La madre me cosió allí la camisa birmana favorita que se me rompía. Ha sido una estancia memorable. Reconozco que cuando se cruzan las cosas y consigo pernoctar de este modo, me lleno de alegría; más allá de que lo necesito por razones económicas, aunque esté en un país barato, me ilusiona el hecho de que me acojan, no solo por el cariño que recibo sino también por lo interesante de la experiencia, de ver una casa local, de pasar ratos con niños, padres, abuelos, y dormir en unas mantas en el suelo, pero calentito de familia.

Sin embargo esta mañana cogí allí un pequeño suzuki de los que mueven gente en estas montañas que abandono, por consejo del padre, y estuvimos a punto de chocar de frente con otro coche. He mantenido impotencia y recelo contra el despistado conductor todo el viaje, pues estuvo muy cerca pero no quería echarle broncas. En el fondo me provocan simpatía dentro de su ignorancia. Me hizo ver de cerca mi gran fragilidad ante la vida, que había olvidado tal vez, y esto y encima pagarle me generó mal humor. Las montañas tienen poco tráfico y de pronto ví que me costaría mucho salir a dedo de aquel lugar. Me sentí desolado tras ver que el padre Marzo, un famoso misionero español que me dijeron vive en esta aldea de Shallang y que dio sentido a pasar por aquí, tampoco estaba. Tengo poco dinero y no sé si podré acampar con estas lluvias.

Luchaba por volver al ánimo con una comida en un bar de esta remotísima aldea de Megalaya, y un tanto empachado con la mano llena de arroz a punto de entrar en mi boca -de nuevo arroz con Dahl y unas patatillas hervidas, mi menu diario vegetariano- contesté aburrido y borde a las mismas preguntas que todos los locales suelen hacer al barbas: where are you going, how long do you stay, por practicar su inglés, un coñazo. Al decir mi destino aquel hombre sonrió y me dijo que me llevaba directo a Duhdnoi en su coche.

¡Qué tonto y borde me sentí! ¡Cómo no veo venir los regalos de la vida a estas alturas del viaje! ¡Qué ignorante!

Mi desolación se calmó instantáneamente ante la idea de un nuevo plan eficiente y fácil -y gratuito-; el estómago lleno ayudaba… Este trayecto estuvo repleto, al contrario que el anterior, de sonrisas, humor, alegría. Un poema de colinas verdes, lluvias cortas y cruzadas, aldeas bonitas y muchachas lindas. Paramos a saludar a unos amigos de ellos en una aldea calurosa y ahí pude ver la magnitud del nota que conducía, bien de cerca. Aspecto musulmán, gorrito marrón en la cabeza -que una vez fue blanco-, barbas onduladas desde las patillas y traje indio blanco de esos que caen hasta las rodillas, de lino. Negra piel y gafas BOSS. Risilla peleona y ese ayudar agresivo de ellos cuando me ofrecía algo, que tenía que aceptar o comer porque se daba la vuelta sin opción.

Su hablar ridículo en asamés, y pasar en un minuto de lluvia a sol esquivando vacas extremadamente tranquilas a toda velocidad, hicieron el surrealismo de la tarde mientras el otro, el copiloto, un hombre pequeño y tímido conmigo, con una sonrisa continua, le lavaba el parabrisas a aquel cada poco para desempañarlo, y me miraba a mí el otro poco para ver que estaba bien. Otra parada fue a comprar deliciosas bananas y mi humor solo mejoraba con todas las vistas de esta última y desconocida parte de Megalaya, las montañas divinas, solo en el asiento de atrás, viviendo el presente con gran sonrisa, la de saberme de nuevo afortunado, vivo y avanzando.

A veces, pues, se olvida lo afortunado que es uno y cuando se recupera esa consciencia es un nuevo soplo de aire fresco en el viaje. Se recupera porque las cosas salgan bien o muy bien, por estar conectado con uno mismo o con la Tierra, tal vez por desarrollar un bienestar moral a partir de prácticas espirituales o yogis… Pero hoy soy más consciente que nunca de lo mucho que forma parte de nuestra vida, de nuestro viaje, el estar mal tanto como el estar bien. De hecho es genial estar hoy mal porque eso solo puede significar que mañana estaré bien. Subir, bajar, seno(x).

* * *

De vuelta a Duhdnoi, donde empezaba el escrito.

Wooosh, llegada histérica con los dos notas, entre barro, curvas, vacas y risas.
El tren suena en la distancia, su luz frontal se ve en la niebla suave de evaporación. Se empieza a mover la gente.
He de confesar que, a aquellas razones, se suma una que me hace estar muy bien: por fin, después de estos años de mochila, me acerco a los Himalayas. Tras dos semanas inesperadamente buenas en Megalaya, voy a embarcar en esta magnífica y tranquila estación de Duhdnoi hacia Sikkim, y tengo mi tiket en el bolsillo, y pienso mover a quien haga falta para sentarme en el lado izquierdo, por donde va a atardecer en una hora, y voy a saborear las mil y una cosas que pasan rápidamente por la consciencia sensorial de uno cuando viaja en tren por India.

Innombrables e innumerables bellezas únicas e irrepetibles que se apelotonarán en mi retina hasta que sepa cómo contarlas, como este puente interminable y altísimo sobre el inmenso río Brahmaputra, a la luz última del sol que se refleja en los ojos de la familia que se sienta delante, sus rodillas con las mías; en los ojos negros de la madre, que esquiva los míos, avergonzada, india, y los cubre con su velo.

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