La ruta Angelus

23 Noviembre 2015

Una de las expediciones más bonitas que recuerdo en Zelandia, y quizás menos conocidas y más recomendables, es la que circula junto a los lagos Nelson y asciende hasta un lago helador y nevado llamado Angelus, en las nubes de una preciosa cordillera llena de refugios y posibilidades para el montañista.

A orillas del lago Nelson pasé mi primera tarde planeando el ascenso. Me regaló una pasada de puesta de sol, cerrada por las nubes pero pacífica y húmeda. Encontré un pequeño escondrijo entre arbustos donde cabía mi tienda sin ser vista desde los muelles, pues estaba cabezón con tener esa maravilla de visión desde mi mosquitero al despertar, sumando otro ‘campañazo’ a la lista. Sí, había un camping, pero estaba lejos de la orilla, había que pagar, y estaría rodeado de otros turistitas.

En las mañanas de los lagos, sólo unos minutos en el alba, pasaban rápidos unos pájaros pequeños cuyo sonido me alegraba el despertar. Y quise recordarlo mucho tiempo.

Puesta de sol

Puesta de sol


Anda, ponte los cascos

Amanecer

Amanecer

Atravesé largos bosques sin expectativas, valorando cada rincón como posible lugar para la primera noche. Pero una vez en ascenso, los hombres debemos de tener ese cierto ápice de orgullo en el interior que nos hace seguir subiendo hasta el final, pues si no, no lo habríamos completado, nos habríamos perdido un sumit, o quién sabe qué otras historias imperceptibles de nuestro ego, y aunque eso no le importe a nadie, seguimos para demostrarnos algo que ya sabemos.
Por otro lado, las picas de la ruta me llevaban por lugares que no me dejaban parar, que me hacían preguntarme siempre qué habría detrás del siguiente desnivel.

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Tras horas de esfuerzo, sudor frío, condensación en el bigote, pies mojados por las nieves y baja visibilidad por las nieblas, llegué al lago Ángelus y ví la sombra del refugio entre las nubes. Llegué pensando en estar solo en las nieves porque no ví a nadie en el camino, pero había multitud de personas calentándose y ya cenados. El refugio era grande pero solo una pequeña estufa daba calor y costaba arrancarla. Se podía cortar madera afuera con un hacha pero ninguno de los presentes tenía las habilidades para hacerlo bien. Tenía mucha ropa que secar mientras cocinaba verduras cocidas, lo que causó impresión entre los demás porque nadie carga el peso de patatas y zanahorias que tardan en hacerse, sino el de sobres deshidratados y otras cosas extrañas que solo necesitan agua caliente. Tras pegarme la mejor cena del reino y junto a la estufa hice sociales con varios extranjeros. Después leí hasta que fui el último.

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El lago Ángelus seguía cubierto al amanecer, y tras un desayuno y un paseo junto a él comencé el descenso hacia el noreste. La primera fase fue dura como el día anterior, pero al bajar de la nube y poder ver el entorno me remotivé totalmente. Rezaba por que no lloviera, pues solo tengo un plástico para cubrir mi mochila y estaba encantado con mis ropas secas. Un río que caía conmigo, jóven y veloz, fue mi acompañante hasta el final de la historia.

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Cuando entré de nuevo en la altura de bosque fue de nuevo como un cuento de hadas. Paré varias veces, incluso en la lluvia, para disfrutar de los infinitos y perfectos puntos en que el musgo es un colchón o asiento ideal en una plataforma que se forma sobre el río, o donde grandes rocas hacen islas o puentes sobre él, y bebía del río y lo escuchaba minutos, notaba la sinceridad de la naturaleza y lo sana que era ese agua aún barriendo toda clase de ramas, arenas, barros, musgos, rocas y vida invisible, limpia y perfecta.

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Pero lo mejor de este viaje fue el final, cuando encontré el valle principal del que mi río era tributario, y encontré el río grande, y se acabaron los fríos, nieves, humedades y lluvia, y se abrieron los cielos y el sol calentó, y me quité la ropa y corrí riendo. Me sentí como Parrado y Canessa, los de Viven! de los Andes cuando encuentran los verdes valles de Chile. Lavé mis calcetines de nuevo, los tendí a secar con mis ropas y me eché una siesta tremenda junto al mismo río amigo, pancho.

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Seguimos, mi río y yo, hasta que desembocó en otra parte remota del lago inicial, donde encontré otro magnífico refugio en la orilla, con cisnes negros y anguilas monstruosas bajo el muellecito. Lo compartí con un padre alemán que viajaba con su hija adolescente y juntos vimos la luna salir tras unas montañas. Como la temporada estaba aún empezando, tampoco tuve que pagarlo, lo que remataba otra de las posibilidades que este país puede ofrecer a viajeros de muy bajo presupuesto con sed de experiencias naturales de primera.

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3 pensamientos en “La ruta Angelus

  1. Precioso la verdad me ha encantado me gustaría perderme en esas montañas y dormir en esa preciosa cabaña junto al lago. Es una gozada para los que no viajamos tanto poder leer experiencias de otras personas que si y ver imágenes de lugares como estos. Motivan la verdad gracias

      • Jeje q salao, ahora q me engancho al blog no fastidies y sigue escribiendo . Me imagino , que todos los sitios en donde has estado te habran llenado de alguna manera pero alguno en especial?

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