Aquellas primeras noches kiwis

Nueva Zelanda, Octubre 2015

Los primeros días en Nueva Zelanda tras meses en el pacífico son de buen sabor, pues la gente del país parece estar para ayudar y sonreír, para charlar y conocer. La noche en Auckland la pasé en casa de una camarera que trabajaba donde tomé mi primer delicioso y caro café (siempre excelentes y con increíble pastelería a elegir), a la que pregunté por alojamiento barato y ofreció su sofá en casa compartida. Bien.

La segunda noche llevaba ya horas a dedo viendo el infinito verde de los prados frescos del país, las granjas y las vacas sonrientes. Se hacía tarde y una mujer llamada Karen me llevó hasta cerca de mi destino, pero ofreció entrar en sus tierras para ver si me gustaban y si tal, quedarme allí. ¿Por qué no? Me dejaron cocinarme algo en su cocina, en una humilde casa extendida de dos caravanas móviles (infinitas caravanas, en casi todas las propiedades). Me quedé hasta las tantas hablando con Karen, mujer madura y consciente, sobre temas del mañana. Si no hubiese insistido en dormir en mi tienda, me habrían preparado una cama. Bien.

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Después de la fría noche en la que oí mis primeros kiwis, invisibles aves nocturnas, y caminando unos pasitos al amanecer, me subía en un montículo verde donde, abriendo una puerta de ganado, veía el horizonte y el mar caminando entre esas vacas jóvenes de allí. Qué bien viven aquí, personas y animales. Las vacas de allí juraría que sonríen, vacas felices. Se acercan curiosas, tienen comportamientos juveniles, juegan y corretean entre ellas, se golpean con la frente y se persiguen.

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Creo que era aún la tercera noche por la zona de Coromandel, cuando llegué a un lugar atraído por la famosa ‘Cathedral cove’ y sus playas cercanas. Buscando un lugar donde colocar la carpita ví que todo era prohibido -este fue uno de los choques en NZ- y, sin más, viendo a un solitario y aburrido hombre mayor sentado en la silla frontal de su casa, le pregunté si podía quedarme en su jardín. No tardó en mandarme al ‘backyard’ y permitirme aventuras cercanas sin mochilas pesadas.

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Era un hombre curioso. No paraba de rascarse el cuerpo. Su voz era rasgada por los años y sufría de un problema crónico de piel, pero en silencio y sin quejarse. ‘Debería mostrar esto al médico’, -decía al respecto. Pocos años antes estaba fuerte porque todo lo había hecho él en la casa, y se veían fotos recientes en el salón con algún hijo que hace su vida en las que él estaba mucho más jóven. Llegué tarde en la noche después de ver esos lugares, y había dejado todo abierto. Cociné mi cena mientras el dormía como si fuese mi abuelo. Nunca desconfió de mí. Y cuando eso ocurre, uno solo puede dar a cambio todo lo que pueda: compañía, cariño y ayuda que una mujer ya no existente no puede dar. Así es al arte de la ayuda.

La mañana que me fui estuvimos sentados en silencio, gustoso, porque tenía un viento de tubos que sonaban como un sueño. Vino un amigo a visitarle y aproveché para abandonarle.

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El viento y el hombre solo (escuchar)


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Hacer dedo en Nueva Zelanda es un lujo. Jamás he pagado un transporte en NZ, lo que coloca al país en primer lugar de mi lista de dedo-countries. La gente a veces pasa y da la vuelta en la siguiente rotonda para volver a recogerme. En serio. Y el país está lleno de parejitas y viajeros que alquilan o compran coches y furgonetas para sus viajes (yo no :|) y entran en el círculo de ayudas carreteriles. O quizás a NZ la coloque después de Chile, donde solo pagué un bus porque tenía prisa por ir al velero para zarpar, pero allí se incluyen camiones, que son gran ayuda, como en Argentina. Con Australia en 4º lugar, son los 4 mejores países hasta el momento para el autoestopista.

Bajando hacia el sur no tardé en encontrar un parque nacional y la siguiente noche yo ya estaba con ganas de bosques.
Un alemán me dejó en su camping pero yo me fui bosque adentro, y me volví loco con la flora novedosa y la configuración desconocida de aquellos extraños árboles. Tenía ya poca luz y encontré de pronto un tronco que tenía la forma perfecta para mi cocinita, lo que significó mi acampada.

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Pasé así mi primera noche rodeado de los famosos Possums, animales de estas latitudes como ositos pequeñitos con larga y fuerte cola, que dan mucho que hablar, son muy ladrones y me asustaron un par de veces con sus ojos rojos por todas partes iluminados por mi luz en la noche. Así que colgué mi mochila y me colgué a mí mismo en la hamaca para dormir más tranquilo. Las extrañas ‘palmeras’ locales son blancas por abajo, lo que daba un increíble efecto mientras me dormía observando.

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Animado con la naturaleza, busqué más. Pasé por una de mis playas favoritas del mundo, totalmente de sueño, de película, con extrañas conchas y completamente vacía durante kilómetros, marea baja, temperatura perfecta, creo que era en Hahei.

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Y encontré aquel lugar que fue ya un tanto Hobbit. Una playa con acampe prohibido, claro, pero donde se podía uno quedar fácilmente. Tras la arena blanca y fina como de reloj, unos árboles impresionantes en un camino de cuento, con troncos de varios metros de circunferencia, y raíces tan grandes que a veces salían del suelo y volvían a florecer con hoja, otras volvían a sumergirse bajo la playa, haciendo, en mi lugar elegido, una protección de barrotes de madera redonda donde colgué mi red.

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Dos ríos de agua dulce pequeños salían más allá al mar, haciendo lagunita de agua dulce antes. Las dimensiones eran perfectas para pasearla en la noche bajo la luna y estrellas, que no me abandonaron hasta el amanecer. Unas aves negras con largos picos rojos fueron mi única compañía (con los Possums por las ramas). Podía hacerme un café en la mañana y nadie podía culparme de acampada en esa hamaca!

Sin duda, aquella fue la mejor noche de las primeras y mágicas noches kiwis.

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