Yelcho y la austral

7 de Mayo de 2015

No podía dejar de asistir al espectáculo de Yelcho, en plena carretera austral: allí me esperaban, como mis amigos, los amigos de un familiar que frecuenta el lugar. Yelcho era, cuando nos conocimos, un lago solitario, tímido, sombrío, cubierto por tinieblas y rayos de sol impotentes, como hechizado en algún cuento de hadas. Los bosques en sus orillas no tienen desperdicio, solo árboles gigantes y viejos, y sus generosas aguas hacen de él uno de los mejores destinos de pesca del mundo. Pasaba la luna llena 26 de mi viaje, el viento rizaba las olas y el otoño ya mordía los picos cercanos con nieves jóvenes que se amontonaban sobre curiosas laderas rojizas, abajo verdes.

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Al lugar se añadía el buen trato que me dieron en aquel magnífico hospedaje de sus orillas. Y no recuerdo el nombre de aquel perro-guía que tenían, pero se entregaba a los visitantes como si trabajase en el lugar, y nos acompañó a nuestras excursiones a kilómetros de distancia, enseñándonos el camino y esperándonos.

Siguiendo la carretera austral en bicicleta, encontramos de sorpresa la buseta de Alexander Supertramp. Él había salido hacia rutas más salvajes, dejando los platos por lavar, pero una amiga mochilera que me acompañaba, se quedó largos minutos compartiendo la magia del abandono en aquel lugar.

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Un fuerte y sonoro río bajaba desde el ventisquero Yelcho (un glaciar inclinadísimo perdido tras los bosques) con ese color claro que tienen las aguas congeladas de los hielos. Las orillas hacían islotes verdes y lugares donde sentarse con todos los musgos, y caminamos junto a él hacia el frío valle del glaciar, transitando una naturaleza tan fuerte que mi amiga y yo nos perdimos saboreándola.

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Cuando finalmente se abrió el camino bajo los hielos, teníamos delante un espectáculo de paredes rocosas y heladas, pardas y blancas, y aunque intentamos relajarnos con una merienda y toda nuestra ropa sobre una gran roca del río, las eternas sombras y los cortantes vientos congelados del valle nos hicieron temblar, y huir. Solo aquel peludo perro pareció calmarse con la paz de aquel lugar durante un buen rato, incluso durmiendo.

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10 Mayo 2015

He tenido estos días, estropeando un poco la belleza del lugar, el primer dolor de boca de mi vida, unas pequeñas molestias, y me he hecho arrancar la primera muela del juicio que me ha molestado jamás, en Chaitén. Pueblo aún apesadumbrado por la última erupción del volcán, lento y tranquilo, un jóven dentista me arranca parte del cuerpo y no me cobra nada -estaría bueno-. Pesando un buen gramo menos me he lanzado a recorrer un tramo de la carretera austral, ya volviendo tarde y algo nervioso a Puerto Montt para conseguir esa plaza en algún velero hacia el oeste profundo del pacífico.

La carretera austral se extiende desde Puerto Montt hacia el sur, por la patagonia chilena, y encuentra tantos accidentes geográficos en su estrecho camino entre los Andes y el Pacífico que a veces salta en ferry de un lugar a otro. Esta carretera sería el final, a veces de arena y otras bien pavimentada, de la increíble experiencia de la ruta panamericana que he visto desaparecer únicamente en el Darien panameño, ser autopista en unos tramos y camino de tierra y vacas en otros, y que sé que conecta con Canadá. Este final de la aventura americana sobre ruedas está considerado como una de las rutas más bellas del planeta.

No sabía que lo más impactante se ve desde los ferrys que cruzan los fiordos, aquellos que dejé atrás hace poco en la travesía de la goleta Issuma. Las montañas se pierden entre las nubes, y se ven caer cascadas de agua desde dentro de ellas. Rocas inmensas y seminevadas protagonizan los cielos. Y muchos picos blancos se asoman a veces, tímidos, a los abismos.

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Estoy tan hipnotizado con los paisajes que no he entrado dentro del ferry a pesar del frío. El sonido del motor es un techno sutil que me atrapa y me activa como el frío.

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En un lugar que me pareció super guapo arrojé la primera muela de la que me despido, sangrienta, pesada, se hundió, tras la caída libre, como plomo, mis ojos fijos en el círculo de impacto hasta que la ola del ferry acabó con todo. Allí seguirá, en el fondo, congelada, observada por peces efímeros, observando siglos permanentes.

He visto fiordos distantes, Andes lejanos y nevados, he vuelto a pasar por Quintupeu y finalmente el volcán Hornopirén ha vuelto hoy a mi encuentro, más bonito que nunca, no muchas cosas hay tan bonitas como un volcán que recibe sus primeras nieves del año.

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El sol ya baja y el frío mata, rayos débiles rebotando en el fiordo y dando última luz a los bosques vírgenes, sincronizado con la llegada a un pueblo de la ruta austral que, como otros, mezcla la niebla de la atmósfera con humo de chimeneas y silencio.

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