La misión de Iguazú

Febrero 2015

Seguía yo subiendo por la provincia argentina de Misiones, un apéndice de entrada a la jungla entre Paraguay y Brasil, cuando decidí que quería averiguar algo acerca de las famosas misiones jesuíticas que dan nombre a la región.

No me arrepentí, pasé un día histórico e interesante paseando por unas ruinas que emergen de la jungla, o viceversa, y que estaban muy bien conservadas: San Ignacio.

Lo bonito del día en realidad fue descubrir de cerca un modo de conexión entre la colonia española y los indios del lugar diferente, un contacto más simbiótico y fraternal, amistoso. Un toque de cordura y pacifismo para limpiar al menos un pelo la abusiva imagen que dejamos en la historia. Detalladamente, un guía nos explicaba cómo, en las misiones, la vida entre ambos pueblos era apacible y ejemplar, y me pareció que en su apogeo habría sido un soplo de esperanza para muchas almas compasivas/insumisas en el avance ultramarino del imperio español.

Los jesuítas llegaban a esta parte escapando de ataques de bandeirantes paulistas y mamelucos, que asediaban y destruían las misiones y querían indígenas para venderlos como esclavos. Se movilizaron unos 12000 indígenas hasta esta área, ofreciéndoles protección y evangelización. Los locales adoptaban los hábitos de trabajo y organización social -a parte de los religiosos-, y en el apogeo contaría con unos 4500 guaraníes que, según me contaron, cambiaban sumisamente hasta su tradición poligámica por una única mujer e hijos con los que vivían en una gran pieza de las viviendas alineadas de piedra que se construían. Supongo y espero que con el visto bueno del mismísimo Dios todopoderoso ese del que hablaban todo el tiempo.

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El suelo de la misión era de un rojo intenso, en realidad la tierra siempre era roja en esta parte de Argentina. Los coches tenían las ruedas rojas. Todas las misiones tenían la misma estructura espacial, con una enorme plaza central, roja, a un lado de ella la Iglesia, la casa de los padres, el cementerio, escuela, talleres, y en los otros lados las viviendas alineadas y el cabildo. Había huertas familiares y comunales en las que se combinaban las tradiciones guaraníes y las europeas, e introdujeron la ganadería. La plaza tenía una cruz central y la enorme fachada de la Iglesia estaba muy bien decorada en barroco, hecha con esa piedra roja tan fuerte. Me chocó que había una sala donde se permitía a los locales hacer ceremonias y curar con plantas y ritos, a lo que los padres por lo visto daban algo de credibilidad.

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Vivían bien, con una rica actividad artesanal y cultural, hacían instrumentos musicales, tocaban música, pintaban, hacían una jornada laboral de 6 horas, con carpintería, panadería, la autoridad comunal seguía siendo un cacique, en fin, tú fíjate qué buen rollito tenía allí en la selva esta gente.

Cuando los jesuítas fueron expulsados de las misiones en 1768, por orden de la corona ya en decadencia, los guaraníes no supieron mantener la organización y se disgregaron, quedando las misiones abandonadas.
El fin de un bonito sueño.

Oye, qué ganas de ver ‘La Misión’.

* * *

No mucho más al norte de estas ruinas, en una triple frontera con Brasil y Paraguay, llegué a Puerto Iguazú, con la intención de ver los saltos de agua más espectaculares del mundo. Iguazú es una ciudad divertida, corría carnaval y había desfiles, los ríos Paraná e Iguazú confluyen junto a ella en profundidad, separando a tres paises, y gentes variadas comen en el calor de las terrazas. Era un ambiente un tanto brasileño, pero lo que a mi me interesaba era la maravilla del mundo que había por allí.

El adelantado español Cabeza de Vaca la divisó en 1541 guiado por el ruido ensordecedor que se oía a kilómetros. El lugar estaba poblado por los guaraníes, que de hecho siguieron viviendo junto a las cataratas hasta el siglo XVII, después de haberse integrado con los jesuítas. Qué envidia vivir ahí.

Nada menos que 275 saltos con toda el agua que se puede concebir cayendo sin parar por todas partes. Valió mucho la pena, creo que es el lugar más salvajemente perfecto, complejo y paradisiaco que he visto.

Empecé por ir a la garganta del diablo, el salto con más caudal y altura, un teatro redondeado de vacío al estruendo húmedo que se sentía ahí abajo. Era febrero, estaba en su máximo esplendor, de la gargante volvía el agua transformada en nube por la violencia, empapaba a ratos, y sobrecogía siempre.

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El paseo por los bosques intermedios era genial, con pasarelas y senderos por los ángulos más interesantes de observación y numerosos animales y aves del lugar haciendo apariciones inesperadas. Un lugar para Adán y Eva, una creación demasiado compleja para no tener un propósito, una intención que no acertamos a desvelar. Poco más puedo decir de Iguazú. Siento decir que no vale la pena explicarlo: hay que verlo.

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Paseos por encima y debajo del desnivel, y siempre con agua por todas partes, el agua, nunca ví tanta agua, yo creo que el agua es Dios. Qué suerte ser indígena y vivir en un pasado desconocido en un lugar así, con ese clima y fuerza, en bolas, en cabañas, sin nada más que aquello para observar. Quizás en un pasado fuimos salvajes e insensibles, quizás no apreciábamos el arte como hoy, quizás no teníamos esta tecnología, quizás no viajábamos como yo Ahora.

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Pero por lo menos encajábamos en el planeta, hablábamos con él, lo amábamos, no nos sentíamos sucios. Con o sin jesuítas.

Un pensamiento en “La misión de Iguazú

  1. En cuanto vuelvas , vemos juntitos » La Misión «. y me cuentas mas cosas sobre ese lugar tan impresionante . Te quiero tanto . . .

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