Montañas de Bolivia

Érase una vez,

Estaba yo en Torotoro, un pueblito que quizás hoy viva de los dinosaurios. Son frecuentes las huellas de dinosaurios en esta zona y esto atrae a muchos turistas, y el bonito pueblo cuenta con una horrible plaza donde réplicas de algún bichejo antediluviano muestran los dientes bajo luces de colores y flashes.

Cuando hube explorado bien lo que más me motivaba a mí del lugar -a mí déjame de huellitas-, que era un precioso cañón con paredes naranjas que se encienden según el sol avanza, dejando a sus rayos alcanzarme solo a mediodía el tiempo justo para bañarme en pozas frescas y que me hizo sentir un poquito como en 127 horas, me dispuse a dirigirme hacia Sucre.

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Hoy puedo decir que ha sido uno de los mayores retos de yomelargo a nivel mental y físico, y que aunque llevaba mi mochila TODO completa (unos 25 kilos con agua y comida) y recordaba aquellas palabras, no solo salió bien y me crucé siempre con llanas y bondadosas gentes, sino que encontré casi sin buscarlo el momento que se había quedado en mí desde que ví aquella película. De hecho, no sabía que podía hacer algo así. Esto cambia las cosas!

El día anterior a la partida ya sabía que iba a ser bestial. Para calentar las piernas, me encaramé a un gran cerro que se amontona sobre Torotoro para ver la puesta de sol y qué clase de montañas me esperaban, y al otro lado ví un precioso valle enorme con el primero de esos enormes ríos minerales que vería después, pero también montañas peleonas.

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Tenía idea de los poblados a los que podía llegar cada dia para dormir, si llegaba, con unos 35km diarios de media. En una oficinilla del parque, no sólo no pudieron darme ni un mapa sino que intentaron mostrarme un par de aldeas-destino en el google maps de un móvil casi sin cobertura. Salí sonriente y animado igualmente.

Caminar en zonas semi-desérticas y profundas de Bolivia es dichoso, especialmente en plano, y así empezó todo. El lento caminar te hace tener todo el tiempo del mundo para observar cada detalle, cada árbol, casa, río, las inverosímiles caras de lugareños, niños y mayores, caras que no sé si volveré a ver, caras únicas que ya no recuerdo. Tan únicas como la mía para ellos, que supongo por sus interminables miradas boquiabiertas y silenciosas, por su miedo a mí, a lo desconocido, que a veces les hacía callar y mirarme con desconfianza al no entender mi idioma.

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Pero cuando el sendero empezó a dibujar ascensos interminables no tuve más remedio que acostumbrarme a los esfuerzos, el ritmo alto de respiración y a mi sudor. El primer día me crucé con algunas personas, autos y motos. A veces me ofrecían un empujón, pero quería continuar caminando y regalarme los pequeños retos individuales que eran los ascensos. Al llegar a las cumbres de aquellas montañas algo pasaba dentro. El logro de estar allí arriba observando horizontes infinitos nunca me saciaba. Siempre merecía la pena, aunque antes de llegar estuviese ya aburrido y malhumorado de doblar curvas que parecen la última pero están lejos de serlo.

Los mejores momentos del día eran la comida, las cumbres y las puestas de sol. Para comer me dedicaba hasta dos horazas. Necesitaba juntar leña, muy escasa a veces, preparar una cocinilla, cocinar tranquilo y comer más tranquilo. Normalmente lo hacía en lugares de las alturas, donde poder trazar la ruta que me esperaba y simplemente ver.

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Me acostumbré a la sensación inquietante de llegar a la cima de una montaña y no ver más que otras montañas similares en todas las direcciones, todo igual, como en la película de Viven!. El optimismo me hacía pensar que después de semejante subida quizás divisara un poblado o algo espectacular, pero pocas veces ocurría. Y más hube de acostumbrarme a la desesperante sensación de que, tras pocos pasos de llegar, comenzaba a bajar de nuevo a lo más profundo de otro valle, otro río, sin siquiera unos kilómetros en las alturas, de regalo. Tenía que parar si quería disfrutar de las vistas.

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Es curioso, pero prefería subir que bajar. La postura de subida era más apropiada para el roce de la mochila. Y estar frenando con TODO en la espalda durante interminables bajadas es realmente jodido para las rodillas y otros puntos clave. El insignificante roce de una cincha se vuelve herida tras miles de pasos.

El tiempo fue, casi siempre, el mejor, sabiendo que estaba en época lluviosa: nublado pero sin lluvias. Amenazaba, cortinas de lluvia caían allá, unas gotitas me alcanzaban, pero nunca me cayó un chaparrón o una deseperante lluvia prolongada en ruta. Hubo también largos soles pero recuerdo que al llegar a las alturas refrescaba de cojones y no sufría tanto de calor. En los cálidos valles, me quitaba una pieza de ropa.

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Y respecto a las puestas de sol, qué voy a decir que no haya dicho ya. Cuando llegaba el momento clave, no me importaba estar aún a cierta distancia del próximo poblado. No perdía detalle, y tuve suerte de estar en sitios privilegiados en varias ocasiones.


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Como el primer día, en que me senté a fumar y beber agua y me distraje tanto con los matices solares que hube de caminar, sin linterna ni luna, hasta las nueve de la noche, cuando llegué a Carasi tras horas de oscuridad y dudas sobre si estaría en el camino correcto. El único personaje que me crucé en la oscuridad conducía un vehículo en dirección contraria y al verme levantando las manos para preguntarle, pisó el acelerador y desapareció tras una curva. Yo iba con mi poncho, mis greñas y barbas y la verdad, entiendo lo que hizo.

Canté canciones estúpidas levanta-ánimos, tropezando con pedruscos y soñando con ver luces de Carasi, ‘dónde Carajo estás, Carasi’ decía una de ellas. Cuando las ví canté otras alegrías y al llegar encontré directo una casa abierta donde conseguí una sopa caliente y un catre en el suelo, de paja, y decidí que al día siguiente descansaría, disfrutaría de mis anfitriones y semejante pueblo de las montañas -no tenía desperdicio-, y que pasado saldría al alba para evitar estas caminatas oscuras.

* * *

Continuará con más anécdotas.

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