Navidades de Uyuni

Varios días transcurrieron en Uyuni mientras preparaba mis navidades. Hay ciertas fechas en el viaje que uno no quiere que pasen inadvertidas o indiferentemente, como nochebuena, nochevieja, un cumpleaños o los cabos de año desde que partí. Han de recordarse siempre.

Quizás sea por la gran extensión blanca y aparentemente navideña que puede ser un desierto de la categoría del de Uyuni; quizás inconscientemente escogí este lugar para estas navidades por eso. A veces no distinguía entre el pisar crujiente del hielo europeo y el de aquella dura sal.

En un lugar tan inverosímil como este desierto, cualquiera quiere acabar año o empezar vida nueva. Con el sabor a menudo distante de la sociedad boliviana como base, la soledad se engrandece y desde ella, se abre hacia el infinito un espacio salado y demasiado brillante en las retinas que reitera silencio, soledad y hasta locura. En mi primera entrada a él, camino por una vía con raíles de dudoso paralelismo hasta un cementerio de trenes que copa esa sensación de incertidumbre entre lo agradable y desagradable. En tal lugar no sólo mueren trenes sino perros de vida cruel.

Sin embargo, es la luz del momento del día escogido -la puesta de sol- y su dorado haz la que dispara un sinfín de matices óxidos y ferruginosos en locomotoras de vapor sobre la arena infinita que harían las delicias de cualquier fotógrafo. Uyuni es único y tiene equipo para demostrarlo.


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Sumaj Orcko

El inca Huayna Cápac, rey del Perú, ordenó que unos indios exploraran las vetas del imponente y por aquel entonces precioso Cerro Rico (Sumaj Orcko en quechua) allá por el siglo XV. Cuentan que al comenzar a hacerlo, se estremeció la montaña con un gran estruendo (potocsí en aymara) y una gran voz sonó diciendo: «Pachacamac janac pachapac guaccaichan», “No saquéis la plata de este Cerro, porque es para otros dueños”. Vaya.

Faltaban 83 años para la llegada de los españoles y el cerro mineral más rico y famoso del mundo ya tenía nombre y dueño. Sea verdad o no, esta riqueza acabó en manos del emperador Carlos V, aun no siendo desconocida por los indios. Estos habrían descubierto el poder argentífero de la montaña, según otra leyenda que escuché en la casa de la Moneda de Potosí, porque uno de ellos hizo un gran fuego una noche y por la mañana vió un hilo de plata correr al lado.

Hoy en día Potosí tiene otra forma, es más achatado, tiene muchos colores bonitos y una gran ciudad en las faldas. Le queda plata, pero hoy se saca más estaño y zinc. Debe ser como un queso, y me pregunto cuánto aguantará sin colapsar. Las realidades y leyendas mineras asociadas a la fiebre occidental por el mineral monetario no solo son ciertas sino que siguen ocurriendo, como pude comprobar.

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La compasión

La compasión

Creo que en el viaje de yomelargo entendí, y nunca lo había entendido antes, el significado de la palabra compasión.

Quizás a través del Ahora pude estar más despierto, y esa consciencia, que trae bienestar, hace automáticamente buscar el bienestar de los demás. Cuando se tiene se da, cuando uno recibe uno da. Es un cliché, pero muy real. No importa cómo se tiene o cómo se ha recibido, no tiene por qué ser de los demás, también puede tenerse generando dentro. Pero cuando se tiene, se quiere que los demás tengan, y despierto, uno empieza a estar más atento ó consciente de las caras de los demás, de los sufrimientos de los demás, sus realidades.

En lo más profundo de estas realidades, está la luz invariable de esas personas, idéntica a la propia. Esta infinita similitud entre los demás y uno, esta igualdad, más allá de que ellos la conozcan o no, o de que sean conscientes o miserables, es de hecho la compasión. De repente, un vínculo profundo entre ellos y yo existe, y aunque suene egotista, veo a los demás como desde otra dimensión pero en el sentido de ‘bueno, ahí están, ahí los han puesto, lo hacen lo mejor que pueden, pobrecicos’ (como yo).

En el viaje, obviamente me he encontrado con gente asquerosa, literalmente y hablando sin compasión. Gente de mearles encima. Gente que no merece nada, que contesta mal incondicionalmente, maleducados, groseras, o llanamente hijos de puta. También gente pobre, pero pobre espiritualmente, muy lejos de sí mismas y con pocas probabilidades de encontrarse. Y, mirándolos con los ojos correctos, o compasivos, ¿qué culpa tienen ellos de nada?

Digo como yo porque compartimos la naturaleza física y mortal finita, y estamos sujetos a un destino y a una muerte de la forma, todos, juntos. Nuestros nombres, formas e ilusiones desaparecerán como lágrimas en la lluvia. Esto me crea compasión y humildad, y acaba con ese ego.

Y como yo, porque quiero creer que también estamos sujetos, como hermanos, a la dimensión espiritual que estoy intentando alcanzar, a una condición inmortal pero también impuesta, que espero nos una indefinidamente y que dé un sentido de un puta vez a todo este tinglao en el que vivimos. Uno puede alienarse en el sufrimiento ajeno para experimentar la compasión, pero también puede tener compasión por nuestra parte eterna, si es que existe, sin necesidad de Dioses. No sé.

Montañas de Bolivia: anécdotas

(Contínúa)

Desperté con ruidos de cerdos y perros, y unos pollos me pasaron por encima indecisos para llegar a la calle, junto a la que yo dormía, después de su encierro nocturno.

En la casa me servían desayuno gracias a los mozos, a los que caí bien la noche anterior en un breve intercambio de historias. Tenían tiendita donde reponer mis tomatitos, papas, cebollas y arroz con los que sobrevivía cada día caminando. Y galletas. Hablaban quechua y a cada tanto decían la palabra ‘gringo’ entre risas. Estaba claro que yo era el entretenimiento. Salí y pasé el día con los mozos, acompañándoles a cargar costales de abono en un asno hasta su tierrita, que sembraron toda de maíz y papa. Descubrí la hierba de anís, que comía a muerdos y me tiré a la bartola mientras ellos removían la tierra.

Por el pueblo de adobe me entretuve con cosas como la iglesia, que si digo que estaba que se caía no es por vieja, es que se caía. La plaza era un hervidero de calor y aburrimiento, y había dos personas cotilleando lo que pasaba en cada esquina, con ese silencio en el que el paso de un perro ya es un evento. Una singular señora viejita muy agachadita que va espantando gallinas con piedras se paró, y mirando un poco a los lados se agachó un poco y meó allí donde le apretó. El cementerio era de traca. Lleno de plásticos, unos montones de tierra indicando dónde había alguien y algunos mausoleitos viejos de adobe marcaban, como todos los cementerios, quién tenía y quién no.


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Montañas de Bolivia

Érase una vez,

Estaba yo en Torotoro, un pueblito que quizás hoy viva de los dinosaurios. Son frecuentes las huellas de dinosaurios en esta zona y esto atrae a muchos turistas, y el bonito pueblo cuenta con una horrible plaza donde réplicas de algún bichejo antediluviano muestran los dientes bajo luces de colores y flashes.

Cuando hube explorado bien lo que más me motivaba a mí del lugar -a mí déjame de huellitas-, que era un precioso cañón con paredes naranjas que se encienden según el sol avanza, dejando a sus rayos alcanzarme solo a mediodía el tiempo justo para bañarme en pozas frescas y que me hizo sentir un poquito como en 127 horas, me dispuse a dirigirme hacia Sucre.

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