La pandilla de Darío

4 diciembre 2013

No hay nada peor que una pandilla local aburrida. Especialmente cuando son de los de a ver quién es el más jarto, y cuando uno tiene todas las papeletas, y bienvenidas, de que le llamen Jesucristo, Bin Laden, y ahora, ya en el puesto número uno, Santa Claus. Les ayuda también pensar que uno es gringo y no les entiende, porque ahí se llega ya a la falta de respeto fácil, ininteligible por el objetivo.

No suele pasar, ojo. Y no es que los chavales de Darío fuesen más malos, todo lo contrario: no he tenido ni un problema en Nica. Pero a veces, viajando, se huele el silencio, la mirada de aquél, la envidia, una intención obvia y un murmurar inaudible. Y para todo esto, hay un antídoto infalible.

En una salida del pueblo por si los campos, encontré el lugar que buscaba, abierto y enorme con vistas a las montañas y el sol poniente. Pero allí había unos cuantos chavales jugando al fútbol que no tardaron en llamar mi atención con silbidos, gestos de fumar, y finalmente con allanamiento de lugar y presencia.

La moraleja esta vez va al principio y a modo de comercial tv.

Si te intimida la pandilla local, te miran raro, te dicen algo que no entiendes pero suena feo, y en definitiva, si no te gusta la pandilla local…

únete a ellos!

Te gustará la pandilla local, y pasarás una de las mejores noches!

Con el debido respeto, elección de temas, miradas a los ojos, integración y presentación con cada uno, humor, y quizás complicidad con quienes parecen ser más respetados… no habrá pandilla que se te resista!!!

De siempre supe que hay una delgada línea entre el buen rollo colectivo y la humillación. Momentos en que no sabes si uno te está puteando o es que no se explica o habla bien. El decir algo inoportuno que desencadene un puteíto de alguno que ya no pare y haga que todos se diviertan metiéndose con algo, y ya la única salida sea la de la humillación. Especialmente con alcohol, gente ignorante, y sin corazón de por medio.

Pero eso no puede pasar: no con la panda de Darío: sólo quieren pasarlo bien y saben cuando tienen que callarse y mantener el respeto. Especialmente porque me lo he ganado respetándoles yo, siguiendo sus costumbres, hablándoles suave, haciéndoles reír, integrándome para que los que llegan no se sientan observados o incómodos, sino entre los suyos.

El caso es que al rato ya era muy amigo de los respetados y querían enseñarme sus casas, sus fotos, sus mujeres e hijos (con 22 años) y su profesión. Increíblemente me sentía mucho mejor que antes, cuando los veía por la calle. Estoy tirado en la acera bebiendo y fumando con ellos, hablando y riéndonos por mucho rato, y si antes eran mi única intimidación, ahora son mis únicos amigos. Uno sabe cuando ya está todo bien, se ve en los ojos que no hay segundas, ni problemas, y se alegra uno.

Entre trago y trago de ron (que tomamos seguido de un chorro de juguito de una bolsa de plástico, para pasarlo mejor) me cuentan que las cosas no son tan tranquilas en el pueblo como parecen. Un ‘hermano’ (todos son hermanos) ha muerto hace poco en una reyerta, por cuchillazos. Me preocupa cómo pueden vivir tranquilos si las dos bandas del pueblo pueden enfrentarse en cualquier momento hasta ese punto. Me ponen en un móvil un tema que le compusieron al difunto, del que tienen foto grande en la pared de una casa, y en lugar de oír una cutrada de canto me sorprenden con un temazo de estudio de hip hop sobre él, buenísimo. Esperan a que yo de el primer trago de una ronda para seguirme todos. Y entre trago y trago, me traen comida y cosas de la pulpería (tienda comestibles), que comparten a la mitad conmigo. En una que voy yo a traer más de picar, me dicen en la pulpería que tenga cuidado con ellos. Rechisto que ellos son amigos y que van de buen rollo, y me dicen que ‘ya… de momento’.

Al día siguiente ellos jugaban las semifinales de un torneo local, y cuando aparece el técnico (entrenador) escondemos las bebidas, o el que tenga alcohol en la mano no jugará. Es sábado y las fiestas de Nicaragua han empezado hasta el 8 de diciembre, con sacadas de vírgenes horrorosas por las calles. En las casas dan marol, una comida típica con pollo, y hasta que no me consiguen un buen plato no paran. Ya estoy más que cenado. Empiezo a notar que les gusta llevarme por ahí, porque todos nos miran con locura, y no entienden que un gringo ande por ahí con los que le van a robar. Les temen en el pueblo, ahora entiendo por qué me advirtieron, pero yo ya soy uno de ellos… no hay miedo. Se nos empieza a unir más chavalería, y con gran sorpresa he de admitir que en algún punto soy la atracción del pueblo. En un momento camino huyendo de la sociedad festivo-religiosa observadora, y veo que me sigue una tropa de chavales por la calle, los más pequeños gritando y saltando como suelen, que ya no sé como parar.

En una demostración de confianza con los de siempre, saco mi cámara en mitad de la noche, cuando volvemos a quedarnos sólos, y crea mucha expectación. Se la confío a uno, y aunque algún otro me advierte que tenga cuidado por si desaparece en la confusión, sé que no. Porque, ¿cómo iba uno a robar la cámara al extranjero de la barba, si, por parte de sus colegas del pueblo, ahora le caerían broncas en vez de felicitaciones?

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Si no te gusta la pandilla local, únete, y disfruta.

Un pensamiento en “La pandilla de Darío

  1. me pregunto que habría pasado si hubiera caído en manos de la otra pandilla del pueblo, los enemigos de éstos.
    verdad que habrían sido, muy probablemente, igual de majos que éstos?
    en tal caso, cuán malos son los pandilleros que todos tememos en el mundo?

    confundimos -a veces- la ignorancia, con la maldad?

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